Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró, en el templo, a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas con sus mesas. Entonces, hizo un látigo de cordeles y los echó del templo con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas, les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas y, a los que vendían palomas, les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.
En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: “El celo de tu casa me devora”.
Después, intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo y, en tres días, lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “46 años se ha llevado la construcción del templo y, ¿tú lo vas a levantar en tres días?”.
Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.
Mientras estuvo en Jerusalén para las fiestas de Pascua, muchos creyeron en Él al ver los prodigios que hacía, pero Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre porque Él sabía lo que hay en el hombre.
Poner en orden la casa
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Reflexión, hermanos, ¿qué nos sugiere, a nosotros, este Evangelio que acabamos de escuchar y en el cual Jesús expulsa a los comerciantes del templo? Me parece que quiere decirnos lo siguiente: de vez en cuando, hay que poner la casa en orden: limpiarla, arreglarla, sacar la basura y las cosas inútiles y superfluas. Así, se puede vivir mejor y con más gusto.
Lo que decimos de la casa material vale mucho más todavía del mundo espiritual y sabemos que Cuaresma es el tiempo propicio para la conversión, el cambio, la renovación; es el momento para poner orden en nuestra vida y en nuestro corazón.
Porque, sin darnos cuenta, resulta que prestamos menos atención al Señor y, entonces, nuestra vida interior se va desordenando y debilitando. Dejamos de lado la oración, el contacto frecuente con Dios, y nos sumergimos en los intereses, las cosas y las preocupaciones del mundo. No procuramos crecer, avanzar espiritualmente, y quedamos estancados o hasta vamos hacia atrás en nuestra vida religiosa. Entonces, existe el peligro de entrar en un estado de indiferencia o tibieza espiritual.
Y, de este modo, puede suceder que Dios pase a un segundo o tercer lugar o hasta desaparezca paulatinamente de nuestra vida y, entonces, otros dioses ocuparán su lugar en nuestro corazón.
Son los ídolos de los cuales nos habla la primera lectura de hoy: “No te harás ídolos”. Crean una dependencia creciente en nosotros y nos van esclavizando paulatinamente.
¿Qué ídolos pueden ser? Existe una cantidad de ídolos que pueden ocupar el lugar de Dios en nuestra vida. Los más conocidos son el dinero y los bienes materiales, el afán de poder, el sexo, toda ambición desmedida, pero también pueden ser otros dioses más pequeños que requieren nuestra entrega y atención excesiva, como, por ejemplo, la adicción al trabajo, a la comida o bebida, al televisor, al consumismo.
Y, entonces, Cristo nos invita, hoy, a expulsar todos los ídolos de nuestro corazón para darle de nuevo el lugar principal a Él.
Pero no solo en nuestro interior, sino también, en nuestra familia, puede ocurrir algo semejante. Por ejemplo, no nos tomamos tiempo para el diálogo profundo y se nos vuelve cada vez más difícil entendernos. Comienzan a abundar las discusiones ásperas y los periodos de silencio pesado. No buscamos, con tanto interés, la ocasión para estar juntos y llegamos a sentir que compartimos lo superficial, pero no los ideales más íntimos… Entonces, evidentemente, hay que poner la casa en orden.
Para eso, está la cuaresma: para poner en orden la casa de Dios, el templo espiritual del propio corazón, el hogar, la Iglesia. Es una ocasión de purificación para la gran Iglesia universal y para la pequeña iglesia doméstica.
Dios nos ofrece su palabra y su gracia para que podamos ordenar bien nuestras vidas. Él sabe nuestras necesidades y posibilidades. Él conoce nuestras conveniencias y los peligros que corremos. Sus mandamientos son una expresión de amor, una ayuda inapreciable para ordenar nuestras vidas.
Queridos hermanos, si no nos decidimos a abrazar esta tarea con fuerza y alegría, es posible que el mismo Dios se encargue de llamarnos la atención. Sus métodos pueden ser muy persuasivos y contundentes. Pensemos en el episodio del Evangelio de hoy: la expulsión de los vendedores y de su mercadería del templo. Su amor es tan grande que, a veces, no repara en medios para recuperar nuestro cariño y nuestra atención cuando ve que van debilitándose.