Que el regreso del pastor fue bueno, cuando Cristo vino a la tierra, él mismo acaba de proclamarlo hoy: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”. De aquí, que el mismo maestro va buscando, por toda la tierra, compañeros y colaboradores, diciendo: “Aclamad al Señor, tierra entera”; de aquí, que confíe, a Pedro, sus ovejas para que las pastoree en su nombre y tome el relevo al subir él al cielo. “Pedro”, dice, “¿me amas? Pastorea mis ovejas”. Y, para no turbar con un comportamiento autoritario los frágiles comienzos de un retorno, sino sostenerlo a base de comprensión, repite: “Pedro, ¿me amas? Apacienta mis corderos”. Encomienda las ovejas, encomienda el fruto de las ovejas, porque el pastor conocía, ya de antemano, la futura fecundidad de su rebaño. “Pedro, ¿me amas? Apacienta mis corderos”. A estos corderos, Pablo, colega del pastor Pedro, les ofrecía, como alimento espiritual, las ubres llenas de leche cuando decía: “Os alimenté con leche, no con comida”. Esto es lo que sentía el santo rey David y, por eso, exclamaba como con piadoso balido: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas, me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas”.