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19 de mayo 2024

Juan: 7, 37-39

El último día de la fiesta, que era el más solemne, exclamó Jesús en voz alta: «¡El que tenga sed que venga a mí y beba, aquel que cree en mí! Como dice la Escritura: ‘Del corazón del que cree en mí, brotarán ríos de agua viva’”.

Al decir esto, se refería al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu porque Jesús no había sido glorificado.

 

Reflexión

Espíritu Santo, espíritu de amor y solidaridad

Padre Nicolás Schwizer

Instituto de los Padres de Schoenstatt

El Espíritu Santo es el Espíritu de amor porque sabemos que el Dios Trino, en su vida íntima y esencial, “es amor” (1 Jn 4, 8). Dios no tiene ni fe ni esperanza, solo amor. Por eso, desaparecerán fe y esperanza en el cielo, solo “el amor no pasará nunca” (1 Cor 13,8).

Y el Espíritu Santo es la expresión personal de este ser-amor de Dios porque Él es el amor entre Padre e Hijo hecho persona. Porque el amor entre Padre a Hijo es tan profundo e intenso que se convirtió en persona. El Espíritu es, por eso, en la Trinidad, el vínculo de amor entre Padre e Hijo.

Pero también, frente a los hombres, se le atribuyen, a Él especialmente, las obras de amor. No podemos realizar ningún gesto, ningún afecto de amor, sin que el Espíritu nos guíe o estimule.

Entonces, lo que aumenta el amor en nosotros no es tanto el ejercicio ascético, sino la acción del Espíritu en nuestro interior. Por eso, tenemos que dejar que el amor que llevamos dentro, por la presencia del Espíritu, se abra paso en nuestra vida. El amor no puede forzarse. Nace, despierta, surge. Es el aleteo del Espíritu en lo más profundo de nuestro ser.

Y el arte de amar está en reconocerlo, aceptarlo y seguirlo. Si no amamos bien es porque no reconocemos la presencia del Espíritu Divino en nosotros, no cedemos a sus impulsos, no abrimos las puertas a su actuar.

San Pablo confirma, en su carta a los gálatas (5,22), que el primer fruto del Espíritu Santo es el amor. Es Él quien despierta y enciende el amor sobrenatural en nosotros. Por eso, nos recuerda la carta a los romanos: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (5,5).

El amor es la ley fundamental del Reino de Dios, es la ley por la cual se nos va a juzgar a cada uno al final de los tiempos: “Tuve hambre y me alimentaron, tuve sed y me dieron de beber.” (Mt 25, 35).

Se nos va a juzgar a partir del amor, de un amor muy real y concreto. Es un amor al Dios que se identifica plenamente con el hermano necesitado, es el Dios a nuestro alcance, el Dios presente en el corazón de los demás. Y el Espíritu, que está dentro de mí, hace de puente para llegar a los hermanos; en Él, los encuentro; en Él, los entiendo y, en Él, los amo.

El auténtico amor se manifiesta y realiza cuando es capaz de traducirse en solidaridad porque el amor es una fuerza de unión, una tendencia a considerar al otro como parte de mi propio ser, como mi verdadero hermano en Cristo.

Por eso, amar es compartir: sentir mías las alegrías, las esperanzas, las angustias y las necesidades del otro y hacerle sentir que también lo mío (mi corazón, mi tiempo, mi pan) está a su disposición. En esto, consiste la solidaridad y, en este tiempo difícil que está viviendo nuestro pueblo, es necesario que todos seamos solidarios con los hermanos necesitados. Además, es el único signo por el cual los hombres podrán reconocernos como discípulos de Cristo e instrumentos del Espíritu Divino.

MT

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