Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago». Entonces, los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban, además, otras barcas.
De pronto, se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: «¡Cállate, enmudece!». Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: «¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?». Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Quién es éste a quien hasta el viento y el mar obedecen?».
Reflexión
Las tormentas de nuestra vida
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
El Evangelio de hoy relata un milagro bien conocido y, además, simpático por sus rasgos tan humanos. Y, ¿cuál es la situación concreta que nos revela el texto?
Por una parte, están los apóstoles: son pescadores y marineros expertos; se enfrentan, de repente, con un huracán muy fuerte y, por eso, tienen miedo, están desesperados, se sienten perdidos.
Por otra parte, está Jesús: está durmiendo tranquilo, agotado por las actividades apostólicas del día. Duerme profundamente porque se sabe cobijado en Dios porque está unido a su Padre.
Finalmente la situación se torna tan difícil y desesperante que los apóstoles tienen miedo de hundirse y ven como única y última esperanza despertar a Jesús para que los salve y el Señor, una vez más, manifiesta todo su poder, dominando también la naturaleza.
Ahora, ¿cuál es el mensaje de este Evangelio de hoy? Lo revela la palabra final de Jesús a los apóstoles: “¿Por que sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?” A la mejor, este reproche del Señor nos sorprende un poco porque los apóstoles tenían fe en Él, por eso, recurrían, a Él, en el peligro, pero su pedido fue un pedido desconfiado, lleno de inquietud y duda.
La verdadera fe es una confianza total en Cristo, quien, en todos los peligros, trae ayuda y salvación. Jesús es salvación aún cuando duerma y parezca no preocuparse por los suyos. Desde el momento en que Él está en la barca, no tienen nada que temer.
Porque no pueden perecer en compañía de Jesús: no pueden ir con Él en la misma barca y hundirse. Él puede, Él va a salvarlos aun durmiendo.
Entonces, ¿qué quiere decirnos el Señor a nosotros, que estamos reunidos para celebrar esta misa dominical? Resulta que la barca es un antiguo símbolo de la iglesia y esta barca pasó, a lo largo de los siglos, por muchas tormentas que alternaron con tiempos de calma y tranquilidad y sabemos que estas tormentas no van a acabarse hasta el final de los tiempos.
Algo semejante puede decirse también de los pueblos, familias, personas, de cada uno de nosotros. La barca de nuestra vida atraviesa muchas tormentas. Es inevitable.
Pertenece a la existencia humana. Pensemos, por ejemplo, en las tormentas de la:
* Vida familiar: problemas materiales, dificultades en el matrimonio, en la educación de los hijos
* Vida profesional: falta de trabajo, cesantía, injusticias
* Vida religiosa: crisis y dudas de fe, desilusiones con sacerdotes, alejamiento de la Iglesia y de Dios
* Vida personal: limitaciones físicas o psíquicas, enfermedades, tentaciones, enemistades, golpes del destino como la muerte de un ser querido
En estas tormentas de la vida, los cristianos debemos distinguirnos de los demás.
Sabemos que no estamos solos en nuestra barca de vida. Sabemos que Jesús nos acompaña (aun cuando parezca dormir y no preocuparse por nosotros). La fe nos dice que Él no duerme, sino que vela por nosotros porque Él está comprometido, está metido dentro de la misma barca nuestra.
Dios es un Dios de la vida. Está presente permanentemente en nuestra vida y, sobre
todo, está presente cuando más lo necesitamos: en medio de las tormentas. Solo que, en estos momentos, es más difícil creer en su presencia, tal como les pasó a los apóstoles en medio del lago.