En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es este el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?”. Y estaban desconcertados.
Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego, se fue a enseñar en los pueblos vecinos.
REFLEXIÓN
La Iglesia y los profetas
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Nadie es profeta en su patria ni en su familia ni en su Iglesia. Cristo recibió la peor acogida precisamente entre aquellos que se creían más cerca de Él y más cerca de Dios. No es el amor, sino la costumbre lo que nos hace ciegos.
Esta verdad resalta con evidencia en el Evangelio de hoy, pero nos olvidamos fácilmente que también se vuelve contra nosotros como una luz que nos denuncia. ¿No somos, hoy, nosotros esa familia del Señor, esos doctores de la ley, esos propietarios de la verdad, esos creyentes tradicionales -más tradicionales que creyentes-?
Entre Jesús y los suyos, la decepción fue mutua. “Ni siquiera sus hermanos creían en Él”, nos indica el Evangelio de San Juan (7.5) y, para sus paisanos de Nazaret, es un escándalo, de modo que Él mismo se sorprende de su falta de fe. En medio de ellos, Jesús tropieza con la mentalidad más estrecha, la mezquindad, los prejuicios.
Cristo buscó, en vano, la fe en todos aquellos que se consideraban como los especialistas y los posesores de la verdad: los fariseos, los escribas, los sacerdotes, los devotos. Y la descubrió en abundancia donde nadie lo hubiera esperado: en los paganos, los pecadores, los ignorantes y los pobres.
Él sufrió más por culpa de los fieles que de los extraños, más por culpa de los creyentes que de los que no creían y finalmente fue crucificado por todas las autoridades de su pueblo.
Toda su vida habrá sentido nostalgia de los paganos. Sus choques dolorosos con la resistencia obstinada de su comunidad religiosa lo habrán hecho suspirar por el encuentro con almas nuevas, frescas, impresionables.
Todavía hoy, ¡cuántos se convertirían a Cristo si su imagen no estuviera tapada y desfigurada por quienes se creen sus representantes y casi sus propietarios! El mayor problema de nuestros días no es la fe en el Señor, sino la posibilidad de confiar en la Iglesia.
No somos cristianos, nos hacemos cristianos. El verdadero cristianismo no es ni hereditario ni tradicional: es un encuentro muy personal con Cristo y ese encuentro profundo con Él es siempre desconcertante.
Desconcertó la vida de todos los que lo acogieron. ¿Ha desconcertado también la nuestra? ¿Nos ha arrastrado, individual y colectivamente, hacia una aventura como la suya, hacia un cambio total y permanente?
Porque, si esperamos que cambie la Iglesia, siempre estaremos esperando. La Iglesia no es más que los cristianos. Si nosotros no cambiamos, es inútil acusar a la Iglesia. No es la pertenencia a una comunidad lo que nos salva ni tampoco lo que nos condena. Esa reforma que esperamos de la Iglesia hemos de comenzarla por nosotros mismos, por nuestras comunidades.
En aquel tiempo, era hermoso ser de la familia de Jesús, pero había que dejar a los hermanos y papás para seguirle, había que hacerse como niños y aceptar aprenderlo todo de nuevo, era necesario saltar todos los obstáculos y arriesgarse a comenzar sin aguardar a los demás.
Queridos hermanos, también todos nosotros queremos ser de la familia de Jesús. Pero cuidémonos para que no lo rechacemos como lo hicieron los suyos en aquel entonces. No confiemos demasiado en nuestras buenas costumbres y tradiciones cristianas. Que no nos pase que la rutina religiosa nos tape u oscurezca la visión hacia el Cristo verdadero.