Si entendemos la diplomacia como el arte y la práctica de construir y mantener relaciones a través de la negociación y el diálogo, utilizando el tacto y el respeto, podríamos definir sin problema que el gobernador ha sido diplomático en toda su carrera política, pero que como gobernador esta práctica ha sido su sello de casa. Con López Obrador siempre fue respetuoso, mantuvo una buena relación; con Sheinbaum la cordialidad, el buen entendimiento, el respeto mutuo y la cercanía entre ambos fue notoria, un buen síntoma de que el estado podría ver buenos dividendos con el apoyo del Gobierno federal.
LO MALO
Mientras la presidenta y el gobernador compartían el mismo escenario, dando muestra de civilidad y cortesía política, afuera del evento -y particularmente en redes sociales- simpatizantes panistas y morenistas buscaron el mínimo gesto o causa para generar divisiones, encono, provocaciones. Una actitud casi infantil donde el fanatismo rompe con el raciocinio, todo con la finalidad de ver quién puede más, quién tiene más músculo o poder político. Su afán es un mero botín partidista, lejano del propósito real: que le vaya bien a Querétaro, y a México. Aquí la diplomacia es una utopía.
LO PEOR
Aquello que, creyendo que por ser militantes o miembros de la 4T tienen acceso a cualquier evento de presidencia, cuestionaron que no se les haya permitido entra a alguno de los eventos oficiales que tuvo la presidenta Claudia Sheinbaum en su visita a Querétaro. No solo quisieron acceder por la fuerza, sino que además se victimizaron por la negativa que recibieron por parte de las autoridades locales que les restringieron el acceso. Ser de la 4T no es un pase VIP a cualquier evento.