En estos días los medios han dado difusión a una serie llamada Adolescencia que cuenta la historia de un asesinato que señala a un chico de trece años como principal sospechoso. Escuchamos de un caso de abuso en Monterrey y en la misma ciudad, se suman los videos de unos estudiantes que juegan aventando a un compañero y lo dejan caer al piso. Los pequeños actos de violencia pueden llegar a la muerte, tanto por la venganza de la victima, como por los actos del victimario. ¿Se pueden prevenir los casos extremos o muertes?
Aplica el principio de que ‘todo lo que no se puede medir, no se puede controlar’ porque todos estos actos suceden en entornos privados y no hay ni registro, ni seguimiento, ni experiencia que aprender. La neurociencia y la psicología alertan que un niño que maltrata o mata animales, tiene alta probabilidad de que su cerebro tenga una morfología de psicópata. ¿Quién debería medir y darle seguimiento? Los casos de violencia escolar que no terminan en algo grave, no quedan más que en registros privados. ¿Qué hacer?
En primer lugar, identificar conductas violentas que son normalizadas y otras que son detonantes de verdadera psicopatía. El odio, la falta de empatía con el otro, la humillación, la burla, etc. Pero estas conductas las vemos a diario en películas y las abanderamos para defender causas, países, políticos o familiares. Aprendamos a crear mejores vínculos humanos y a crear conexiones verdaderas de amistad, amor y respeto. Pero sigue la pregunta ¿Podemos medir la violencia escolar para evitar que llegue a ser letal?