En América Latina, las mujeres llenan cada vez más las aulas universitarias, pero aún hay realidades que duelen y desafíos que no podemos ignorar. Según datos de la UNESCO, más del 55% de la matrícula en educación superior en la región está compuesta por mujeres. Sin embargo, cuando se trata de carreras científicas o de llegar a un doctorado, los números se desvanecen: en México, solo el 19.8% de quienes obtienen un doctorado son mujeres, y en áreas como ingeniería o tecnología, no superan el 35%.
¿Por qué debería importarnos esto? Porque donde una mujer estudia, una comunidad entera avanza.
Educar a una mujer no solo cambia su historia personal: cambia las de sus hijos, sus hermanas, sus vecinas. De acuerdo con la UNESCO, si todas las mujeres en América Latina terminaran la secundaria, la mortalidad infantil se reduciría hasta un 49%. Y cada año adicional de escolaridad puede aumentar sus ingresos en un 12%, lo que significa libertad económica, independencia y la posibilidad real de romper ciclos de pobreza.
En México, el panorama es dual: las mujeres ya son mayoría en las universidades (51.1%), pero siguen siendo minoría en áreas estratégicas. Y en comunidades indígenas o rurales, miles de niñas abandonan la escuela antes de los 15 años, atrapadas entre la falta de oportunidades y los estereotipos que aún las encadenan.
Querétaro: cuando la educación sí transforma vidas
Frente a estas brechas, Querétaro está marcando un rumbo distinto. La Universidad de las Mujeres, única en su tipo en México, es más que una institución: es un proyecto de justicia social. Ofrece carreras clave como Derecho, Administración e Ingeniería en Sistemas con educación gratuita o subsidiada, pero también con lo que muchas universidades olvidan: ludotecas para madres estudiantes, titulación sin costo, becas y vinculación laboral real.
Su convocatoria 2025, actualmente abierta, da prioridad a mujeres en situación de vulnerabilidad: madres solteras, trabajadoras, jóvenes sin recursos. Mujeres que no buscan caridad, sino una oportunidad digna para salir adelante sin renunciar a ser madres, hijas o cuidadoras.
Esto no es un privilegio: es un derecho.
Y Querétaro lo está entendiendo con hechos, no con discursos.
Desafíos que urgen, oportunidades que esperan
Países como Colombia, Chile y México muestran avances, pero también arrastran estereotipos que siguen alejando a las mujeres de carreras STEM. Es urgente invertir en becas, mentorías, y campañas públicas que inspiren a más niñas y jóvenes a creer que pueden ser científicas, ingenieras o líderes en tecnología. Porque sí pueden.
La educación es poder.
Como dijo Malala Yousafzai: “La educación es el poder que las mujeres necesitan para cambiar su destino.” Y hoy, más que nunca, necesitamos políticas públicas que lo entiendan, lo impulsen y lo multipliquen.
Querétaro ya dio un paso. Ahora, el reto es que ese paso se convierta en camino, y ese camino en derecho para todas.