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26 de mayo 2026

Laura Aguilar

La llamada Ley Chepe, impulsada por el alcalde Josué Guerrero para reforzar la atención a adolescentes involucrados en delitos de alto impacto, abrió una conversación que ya no podemos seguir posponiendo: la seguridad no comienza únicamente en las instituciones, también empieza dentro de casa.

Más allá del debate jurídico, esta iniciativa obliga a mirar algo mucho más profundo: la forma en la que estamos educando, acompañando y escuchando a nuestras hijas e hijos. Porque aunque las leyes pueden sancionar conductas, la crianza tiene el poder de prevenirlas.

La violencia rara vez aparece de un día para otro. Muchas veces comienza en espacios donde el diálogo fue sustituido por gritos, donde los límites nunca se explicaron o donde las emociones aprendieron a esconderse. Por eso hoy vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos enseñando en casa cuando corregimos?, ¿cómo reaccionamos frente al enojo?, ¿qué ejemplo damos cuando algo sale mal?

A los niños y adolescentes no se les educa únicamente con prohibiciones. También se les enseña ayudándolos a comprender el impacto de sus acciones y explicándoles que toda decisión tiene consecuencias sobre otras personas. No basta con decir “eso está mal”. También hay que enseñar por qué.

La crianza positiva no significa ausencia de autoridad. Significa ejercerla desde la conciencia, la coherencia y el respeto. Corregir sin humillar. Escuchar sin minimizar. Poner límites sin violencia. Y quizá ahí está una de las mayores oportunidades de prevención.

Muchos adolescentes que terminan involucrados en conductas de riesgo crecieron sin espacios seguros para expresar miedo, frustración, presión social o tristeza. A veces lo único que necesitaban era un adulto dispuesto a escuchar antes de juzgar.

Reservar momentos para conversar, preguntar cómo se sienten o simplemente estar presentes puede parecer algo pequeño, pero termina siendo enorme. La confianza emocional también salva vidas.

La responsabilidad tampoco se aprende únicamente desde el castigo. Se construye entendiendo el impacto de nuestras acciones. Si un hijo lastima, también debe aprender a reparar: pedir disculpas, asumir consecuencias y reconstruir vínculos.

La Ley Chepe nace desde la necesidad de proteger a la comunidad. Pero la prevención verdadera empieza mucho antes de una denuncia o una intervención legal. Empieza cuando un niño aprende a manejar su enojo, cuando un adolescente sabe pedir ayuda y cuando una familia entiende que acompañar emocionalmente también es educar.

Porque al final, las leyes pueden contener la violencia. Pero son los hogares los que pueden evitar que nazca.

Cada conversación que sustituye un grito.

Cada límite explicado con respeto.

Cada padre o madre que escucha antes de reaccionar.

Cada hijo que aprende a expresar lo que siente sin recurrir a la agresión.

Todo eso también construye seguridad.

Y quizá esa sea la prevención más poderosa de todas.

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