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5 de mayo 2026

Laura Aguilar

Hay una cuenta que no aparece en los recibos, pero que se paga todos los días: la de ser mamá en México. No está en el ticket del súper ni en el estado de cuenta del banco, pero se siente en cada decisión cotidiana, en cada ajuste silencioso, en cada renuncia que no se nombra. Ser madre hoy no solo implica criar; implica sostener una economía doméstica cada vez más presionada.

A nivel nacional, los indicadores cuentan una historia; la vida diaria, otra. La inflación general se ha mantenido alrededor del 4% anual, pero los alimentos —lo básico, lo irrenunciable— han registrado incrementos mayores. Y es ahí donde se resiente: en la despensa, en la lonchera, en el gasto que no se puede posponer. La economía no se vive en promedios, se vive en decisiones.

Hay, además, una cifra que atraviesa cualquier análisis: el trabajo no remunerado en México equivale a cerca del 26% del Producto Interno Bruto, de acuerdo con el INEGI, y recae principalmente en las mujeres. Cuidar, alimentar, acompañar, sostener la vida cotidiana. Ese trabajo no tiene salario, pero sin él el país no funcionaría.

En paralelo, el mercado laboral muestra una transformación que también impacta directamente a las madres. Alrededor de 13.7 millones de personas trabajan por cuenta propia en México, muchas de ellas mujeres que han tenido que generar ingresos desde casa para poder conciliar cuidado y trabajo. No es solo una tendencia: es una adaptación a un sistema que todavía no ofrece condiciones suficientes.

Ser mamá, entonces, es también administrar incertidumbre.

Frente a este panorama nacional —marcado por tensiones económicas que no siempre se traducen en alivio cotidiano—, lo local adquiere una relevancia distinta. En Querétaro, el contexto ofrece algunos contrastes que vale la pena observar.

El estado se mantiene entre los de mejor desempeño en indicadores de progreso social en el país, con niveles más altos de acceso a servicios y oportunidades en comparación con el promedio nacional. Esto no elimina los retos, pero sí configura un entorno donde las familias cuentan con mayores condiciones para organizar su vida diaria.

Para una madre, ese entorno importa. Se traduce en servicios que funcionan, en mayor cercanía institucional y en la posibilidad de resolver desde lo inmediato. Porque cuando el entorno acompaña, la carga individual —aunque no desaparece— se vuelve más manejable.

En Querétaro también se refleja una tendencia nacional: mujeres que emprenden desde casa, que convierten habilidades en ingresos, que organizan pequeños negocios para sostener a su familia. La diferencia está en que, cuando existen condiciones más favorables y acompañamiento cercano, estas iniciativas tienen más posibilidades de consolidarse.

Hablar de lo que cuesta ser mamá en México hoy es reconocer una presión real que atraviesa a millones de mujeres. Es entender que, a nivel nacional, muchas decisiones aún no logran sentirse en la vida cotidiana. Y es también reconocer que, en lo local, hay espacios donde se construyen respuestas más cercanas que, sin resolverlo todo, sí marcan una diferencia.

Porque al final, el país no se mide solo en indicadores. Se mide en cuánto alcanza, en cuánto tiempo queda, en cómo viven las familias.

Y en esa medición —la más honesta— ser mamá sigue teniendo un costo alto. Un costo que no siempre se ve, pero que sostiene, todos los días, la vida de este país.

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