LO BUENO
La nueva Ley de Telecomunicaciones y Radiodifusión, bautizada con cariño como “ley censura” por sus críticos, ha desatado un torbellino de opiniones. Con un tono que oscila entre lo absurdo y lo preocupante, esta reforma promete ser el nuevo ‘hit’ del sexenio… o su gran tropiezo. Afortunadamente, los senadores de Querétaro, como Lupita Murguía y Agustín Dorantes, intentan poner orden en este manotazo legislativo. Los senadores queretanos ya alzaron la voz para pedir consultas más amplias, lo cual es un punto a favor: al menos alguien quiere que hablemos antes de que nos tapen la boca.
LO MALO
La “ley censura” le otorgaría a una sola persona (controlada, adivinen, por el Ejecutivo) el superpoder de bloquear plataformas digitales sin pasar por un juez. ¿Una cuenta de X que no le gusta al Gobierno? ¡Zas, bloqueada! ¿Una página web incómoda? ¡Fuera del aire! El senador Agustín Dorantes (PAN), lo dijo claro en las comisiones: esto es un “madruguete legislativo” que huele a control autoritario. No es para menos: el dictamen llegó a los senadores como regalo de última hora, con menos tiempo para leerlo que el que uno tarda en decidir qué ver en Netflix. La falta de neutralidad de la red, además, abre la puerta a que las grandes empresas de telecomunicaciones hagan lo que quieran, siempre y cuando tengan el guiño del Gobierno. La oposición insiste en que esta reforma necesita más debate, pero parece que el oficialismo tiene prisa por estrenar su nuevo juguete censor.
LO PEOR
El ‘Frankenstein’ legislativo podría hacernos añorar los días en que solo nos preocupábamos por el precio del aguacate. Si esta ley pasa tal cual, México podría unirse al selecto club de países donde el Gobierno decide qué ves, qué lees y qué compartes. ¿Libertad de expresión? Un bonito recuerdo. ¿Derecho a la información? Solo si el Gobierno lo aprueba. El colmo es que, mientras algunos pocos pelean en el Senado por frenar este despropósito, la maquinaria de la 4T parece más interesada en aplaudir que en escuchar. La cereza del pastel es la opacidad: sin consultas serias ni participación ciudadana, esta reforma parece sacada de un manual de “cómo gobernar sin que nadie se entere”. Si esto no es un paso hacia un México donde el silencio sea la nueva moneda de cambio, que me expliquen qué es.