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29 de abril 2025

Mario Maraboto

La Estrategia Nacional de Seguridad 2024-2030, aprobada en días pasados por la Comisión de Seguridad Pública del Senado de la República, señala cuatro ejes de acción: atención a las causas, consolidación de la Guardia Nacional, fortalecimiento de la Inteligencia y la Investigación, y coordinación absoluta entre el Gabinete de Seguridad y con las entidades federativas.

El primer punto del planteamiento es vital: conocer, sin generalizar, y atender las causas. El Plan habla de “generación de políticas, programas y estrategias integrales que atiendan las causas estructurales y sociales de la violencia para su prevención…”, entre los cuales menciona: “reducir las brechas de desigualdad social (…) el acceso a servicios públicos, a programas de bienestar, a espacios recreativos, a educación de calidad en todos los niveles, al trabajo formal y bien remunerado, así como a servicios dignos de salud”. Pero en ningún momento reconoce o define las causas de fondo de la inseguridad y violencia que estamos viviendo.

Diferentes expertos en seguridad han aseverado en distintos momentos que las causas de la inseguridad ciudadana en México son resultado de una combinación de factores sociales, económicos y políticos, derivados de una pésima administración pública que, particularmente en los últimos años, y gracias a la corrupción, ha permitido el incremento de la presencia de cárteles y organizaciones delictivas que operan con un alto nivel de sofisticación.

Aunada a la corrupción, otra causa de la inseguridad es la debilidad del Estado de Derecho y la falta de aplicación efectiva de la ley, tema que, parece, empeorará luego de la elección del Poder Judicial que dejará de ser lo que hasta ahora conocemos.
Pero el factor corrupción es el que ha permitido, desde hace años, la infiltración del crimen organizado en instituciones gubernamentales, el debilitamiento de la autoridad del Estado, y el incremento de la violencia. En una entrevista, el actual gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, reconoció: “Yo fui y hablé con ellos (los cárteles), los conozco porque soy de Badiraguato. Y yo fui a pedirles su apoyo. Quien te diga que quiere gobernar Sinaloa y no tiene el visto bueno de ellos, te miente”.

Es curioso cómo la inseguridad se ha incrementado al paso de los años conforme, al amparo de la corrupción gubernamental, surgen nuevos y poderosos grupos delincuenciales que han incidido en la administración pública y en la vida de diversas comunidades de ciudadanos. Podría decirse que el tamaño de la inseguridad es directamente proporcional al nivel de corrupción en el gobierno; a más corrupción mayor impunidad a la delincuencia organizada y más inseguridad, como lo vimos en el sexenio anterior. Lamentable que la que sí llegó expresara hace unos días, al referirse a un reporte del Fondo Monetario Internacional:

“Pues es que no entendieron que en México llegó la Cuarta Transformación, que aquí se acabó la corrupción” (pero no lo violencia y la inseguridad).

Mientras no se reconozca que la corrupción y la delincuencia organizada son complementarias causas de la inseguridad, y se les de la debida atención, las cosas seguirán empeorando. Ojalá lo haga mañana en el Senado, el Secretario de Seguridad.

 

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