Hay varias versiones de una anécdota que sirve de ejemplo de lo que se espera de un juzgador.
Cuentan que en la Alemania imperial del Siglo XIX, se decidió remodelar la residencia del rey pero era necesario demoler un viejo molino, se llamó al propietario y ofreció comprarlo por una suma mucho mayor de su valor real, pero la propuesta fue rechazada por tratarse de la única herencia que le quedaba al molinero de sus padres. El rey ordenó la expropiación inmediata. A los pocos días, la Corte ordenó la paralización de cualquier acto contra el molinero a lo que dicen que el emperador sorprendido exclamó “Aun hay jueces en Berlín”.
Los juzgadores ganan su independencia al tener criterio propio, ajeno a cualquier influencia ideológica, presión política, económica y mediática; cualidades que no se logran con la elección judicial en México pues no se trata de una contienda electoral entre expertos del derecho altamente capacitados, sino de la competencia entre grupos políticos y gremios como asociaciones religiosas, universidades y hasta personajes vinculados con la delincuencia organizada que buscan adueñarse del poder sobreponiendo los intereses de quienes los apoyan a ganar la elección.