Es inevitable: los libros nacen en sus manos. Si estás atento, pueden aparecer en la sala de cualquier espera o en la burbuja dentro de un avión. Suelen andar entre lagos y marismas escoceses, anclados a la figura magnética de María Estuardo, detrás de un muro que dividió una nación, a través de la idiosincrasia de dos países hechos hogar. Expectantes sobre una mesa en Londres, en los atardeceres nórdicos, en el despojo de una guerra, de Berlín a Tlatelolco. Excelsos sobre el lienzo salvaje del Parque Almendares y el contraste hipnótico de La Habana. Así nacen en sus manos, la tejedora de historias, fantasía, aseveración y sueño. Encuentra argumento en lo dicho: todo puede ser motivo de relato. El cardo vive en su anatomía y la abeja es el tótem que persiste. Crece entre palabras, cómplice y amiga, solidaria en la justicia. Implacable creativa, las canciones ochenteras le contagian la voz. Hace un milagro del tiempo y en su ficción, este viaje orbital vuelve a ser la primera página de otra historia prevista para contarse: imperiosa vida y eternidad literaria. Feliz cumpleaños, Sabine Schütze.