Hay días donde el mundo se incendia. La muerte propaga bombas que apagan infancias. Aquí, la realidad no es distinta: persisten las fosas sin nombre y la mutilación de la vida en cada esquina.
Contengo mis propios incendios, aunque los más cruentos quedaron varados, hace años, en los bosques de niebla. Aún recuerdo a hombres y mujeres abrazando su miedo mientras subían la serranía para rescatar a sus hijas secuestradas.
Hoy camino entre la contaminación de autos con prisa; cláxones volátiles rompen la memoria con su rabia. Detiene mi andar una gritería de juegos: en un patio escolar, la niñez corre. Una niña cae; el compañero que va adelante regresa y le ayuda a levantarse. Minutos después, el niño tropieza en el mismo punto.
La niña vuelve sobre sí, acerca los pasos y lo pone en pie. Los veo correr entre risas cómplices, en una unidad de manos que se sostienen. Pienso en ese gesto. Imagino que, en el futuro, si no se sueltan en un arranque ideológico sobre lo detestable del género humano, podrían iniciar desde su propia paz, una rebelión sin tragedias en ninguna escuela.
Quizá ahí resida la única razón comprensible para la esperanza.