En el caos de estos días, ¿a dónde pertenecen los que sueñan? Aquellos que prefieren la contemplación de un atardecer, la melodía del abrazo entre hojas y viento, la reflexión en la oscura calma. ¿Qué es de estos seres sin destino de familia? Los que desisten de ser padres o madres, cuestionados por una decisión que no encaja en el modelo de la buena costumbre. ¿Dónde se encuentran los individuos que hacen, de su hogar, el templo de la disciplina? Los que cuidan de su alma y cuerpo, sin precisar lugares frívolos. ¿Dónde se ocultan los que crean un poema, una canción? Inspirados en alguien que los condena al olvido. ¿Dónde quedan los que prefieren caminar y no perderse el contraste de la vida? Aunque sea silenciosa la revelación. ¿Dónde se inmortalizan? Los que alcanzan la cumbre de una montaña venciendo el terror en sí mismo y los que nadan en mar abierto empujando, brazada a brazada, la soledad de sus anhelos. ¿Dónde persisten quienes sienten la insignificancia? Y la hacen vibrar en las cuerdas de una guitarra. ¿En qué caminos se construyen aquellos que tienden la mano y nadie los mira a los ojos? ¿Dónde quedamos nosotros? Perdidos dentro de un mundo gigantesco, que nos increpa en una permanencia invisible.