LO BUENO
La muerte de José “Pepe” Mujica, expresidente de Uruguay, ha conmocionado a América Latina José Mujica transformó la política latinoamericana no solo con leyes, sino con su ejemplo. Su legado, marcado por la austeridad, la ética y la defensa de los más vulnerables, invita a reflexionar sobre los gobiernos que, en la región, se reclaman de izquierda, pero no siempre honran esos principios. Durante su presidencia (2010-2015), Uruguay experimentó un crecimiento económico del 75%, redujo la pobreza al 12% y se convirtió en el país más equitativo del continente, según datos de la CEPAL. Pero su mayor legado fue ético: donaba el 90% de su salario, vivía en una modesta casa y conducía un vocho, rechazando los lujos del poder.
LO MALO
En México, la 4T, encabezada por el presidente Andrés Manuel López Obrador y continuada por Claudia Sheinbaum, se autoproclama de izquierda, pero su práctica revela inconsistencias frente al modelo de Mujica. La narrativa de la “austeridad republicana” suena bien, pero se desdibuja cuando se observan casos como los contratos millonarios otorgados a empresas cercanas al poder o el estilo de vida de figuras como los hijos del expresidente, que contrastan con la sencillez de Mujica. Mientras Mujica donaba casi todo su salario, en México los recortes de austeridad han afectado más a los sectores vulnerables, como la salud y la educación, que a los privilegios de la élite política. La 4T habla de justicia social, pero sus políticas no han logrado reducir la desigualdad al nivel que Mujica lo hizo en Uruguay.
LO PEOR
Lo más grave es que la 4T parece haber olvidado que la izquierda, para ser creíble, debe ser un reflejo de sus ideales. Mujica no solo predicaba la austeridad, la vivía; no solo hablaba de justicia, la construía con políticas inclusivas. En México, la retórica de la transformación se queda corta ante la opacidad en el manejo de recursos públicos y la falta de autocrítica. Mientras Mujica reconocía errores y abogaba por la humildad, la 4T tiende a justificar sus fallos con narrativas de victimización o ataques a adversarios. Peor aún, el culto a la personalidad en torno a López Obrador y la concentración de poder en el Ejecutivo evocan prácticas que Mujica rechazó. Él nunca buscó eternizarse ni construir un movimiento centrado en su figura.