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3 de junio 2025

Mario Maraboto

Como siempre fue previsible, la “elección” de diversos cargos dentro del Poder Judicial de la Federación fue un evento mayormente desairado, a pesar de que la presidenta Sheinbaum dice que “fue todo un éxito” obtenido con el voto de 13 millones de ciudadanos (sólo el 13 por ciento del padrón electoral)

Los resultados definitivos de esta simulación democrática se conocerán hasta dentro de unos días, pero es claro que va a ganar el movimiento de la presidenta. A partir del domingo, México tiene una regresión política de 50 años en que vivimos lo que un día Vargas Llosa definió como la dictadura perfecta: “una dictadura camuflada de tal modo que puede parecer no ser una dictadura, pero tiene, de hecho, todas las características de una dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido que es inamovible y democrático, pero que suprime por todos los medios la crítica que pone en peligro su permanencia”. Así era el PRI, así es Morena.

Yo diría que estamos entre una dictadura y un totalitarismo. En la dictadura una sola persona (el dictador) ejerce el poder absoluto de forma autoritaria, y puede utilizar medios justos o injustos para mantener su control; el totalitarismo es un régimen donde el estado controla todos los aspectos de la vida pública y privada, restringe los derechos individuales, ejerce un control absoluto sobre la política, la economía, la cultura y la sociedad en general, suprime cualquier forma de oposición, implanta una ideología oficial y desaparece la separación de poderes, todo lo cual ya hace la 4T.

Este sincretismo es lo que podría llamarse un régimen híbrido que en algunos países se conoce como “Dictablanda” o “democradura” ya que se combinan elementos democráticos con autoritarios: Se dice lo que el pueblo quiere pero se hace lo que ordena quien está en el poder; se simulan votaciones “democráticas” para respaldar decisiones absurdas y al amparo de terminar con la corrupción se pone fin a los contrapesos que, a fin de cuentas, generará más corrupción.

En esta democradura que se acentuará en los siguientes años, nos dicen que el pueblo decidió la reforma judicial; en realidad el pueblo sólo voto por quien consideró debería gobernar para todos, pero las decisiones son presidenciales, e idealmente deberían ser producto de un análisis profundo y serio de las situaciones y no de revanchas y caprichos en donde “no me vengan con que la Ley es la ley”. Las decisiones no son del pueblo, aunque se quieran disfrazar de democráticas, violando sistemáticamente los derechos humanos.

En esta democradura que se solidifica, sólo un 13 por ciento (una gran mayoría simpatizantes de Morena, acarreados o coaccionados) acudió a las urnas y, mañosamente, el Poder Legislativo, al aprobar la reforma, no estableció un porcentaje mínimo de votación del padrón electoral para dar validez al resultado. El pueblo en su mayoría no escogió a los funcionarios del Poder Judicial.

Ha quedado claro que el régimen de la transformación de cuarta, iniciada por el EX López Obrador, ya tiene el control de los tres poderes de la unión. ¿Recuerdan que en 2006 se decía que “AMLO es un peligro para México”?

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