El resultado de la elección judicial ha generado gran incertidumbre. Vimos un proceso marcado por la sombra de los “acordeones”, un INE dividido ante la decisión de validarla o no, la exclusión de personas ganadoras que no cumplían con el requisito del promedio mínimo académico, y el caso de un aspirante a juez que ganó la elección estando preso.
Ante esto, existe una certeza, a partir del 1º de septiembre, la Suprema Corte dejará de ser la que conocemos. La legitimación que se buscaba obtener con el voto popular, se ve seriamente cuestionada por la abstención que predominó y el hecho de que todos los ganadores aparecían en los “acordeones”, en primer lugar el próximo presidente.
Además de los matices políticos que marcaron su designación, es preocupante la falta de experiencia de los nuevos integrantes, pues en su mayoría, asumirán su primer cargo jurisdiccional y será inevitable una etapa de aprendizaje para comprender y operar el tribunal; lo cual podría agravar el rezago que la Corte ya arrastra. Recientemente, la ministra Loretta Ortiz reconoció que existen más de 8,000 asuntos pendientes.
Tendremos un Tribunal Constitucional sobrecargado y conformado por leales novatos.