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8 de julio 2025

Laura Aguilar Roldán

Imagina que cada semana tuvieras más tiempo para lo que de verdad importa: jugar con tus hijos, salir a caminar sin prisa, leer ese libro pendiente o simplemente descansar sin sentir culpa. Eso —más tiempo de vida— es lo que promete la reforma para reducir la jornada laboral en México de 48 a 40 horas semanales. Una propuesta que toca fibras profundas: nuestra salud, nuestras relaciones y nuestra felicidad.

Pero como bien ha señalado el gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, no se trata solo de querer más horas libres. Se trata de cómo lo hacemos posible sin que nos cueste empleos, productividad o incluso el cierre de negocios. Porque si lo hacemos mal, el remedio podría salir más caro que la enfermedad.

Lo bueno de trabajar menos

Reducir la jornada suena lógico, necesario y hasta urgente. Vivimos en uno de los países con más horas de trabajo… y paradójicamente con altos niveles de estrés, agotamiento y baja productividad.

Estudios de la Organización Internacional del Trabajo y experiencias en países como Chile, España o Alemania, demuestran que trabajar menos horas puede hacernos más felices, más sanos… y sí, también más productivos. ¿Quién no quiere eso?

Pero ojo: hacerlo de golpe puede salir mal

El reto es que no todas las empresas pueden adaptarse de la misma forma, ni al mismo ritmo. Para muchas, especialmente las pequeñas y medianas —que son el corazón del empleo en México—, reducir la jornada sin apoyos ni planeación podría significar contratar más personal, pagar más horas extras… o en el peor de los casos, recortar empleos o cerrar.

La intención de mejorar la calidad de vida es buena y justa, pero si se implementa sin estrategia, puede terminar perjudicando a quienes más necesita proteger: los trabajadores.

Avanzar paso a paso: la propuesta de Querétaro

Por eso, la propuesta de hacerlo de forma gradual —como plantea el gobernador Kuri—, cobra mucho sentido. Que el cambio empiece por los sectores que pueden adaptarse mejor, y que se dé tiempo, apoyo y claridad a quienes más lo necesitan.

Una transición paulatina, planeada para concretarse en 2030, no significa frenar el avance, sino garantizar que sea real y sostenible. Que no se quede en un ideal frustrado, sino que se convierta en una mejora tangible en la vida de millones.

En Canadá, Francia, Japón, Australia y buena parte de Europa ya se trabaja menos de 40 horas. Y no, sus economías no colapsaron. Al contrario: descubrieron que cuando las personas tienen más vida fuera del trabajo, también aportan mejor dentro de él.

México no tiene que inventar la fórmula, pero sí adaptarla con inteligencia y sensibilidad. Y eso solo se logra con diálogo, planeación y voluntad de hacer las cosas bien.

Reducir la jornada laboral es un paso hacia el futuro que queremos: uno donde el trabajo no lo sea todo, y la vida tenga más espacio. Pero para que ese paso sea firme, debe darse con estrategia, con responsabilidad y con visión de país.

Porque se trata de vivir mejor. No solo de trabajar menos.

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