Paloma Espinoza Cházaro/Ciudadanía y Café
@palomaechazaro
Ser líder en una institución (ya sea pública o privada) parece una tarea casi inverosímil, como en la película Misión Imposible (nada más no crea usted que se parece a Tom Cruise). El liderazgo ya no se trata (solo) de mandar o hablar bonito; se trata de sobrevivir con dignidad entre montones de papeleo, juntas, metas y personalidades tan distintas que resolverlas es más difícil que un cubo Rubik.
Pero, ¿qué hace a un “buen líder”? ¿Tener carisma? ¿Saber delegar? ¿Ser resiliente, flexible… pero no demasiado? ¿Empático, pero sin que le vean la cara? ¿Asertivo, disruptivo, capaz de pedir perdón sin parecer débil? La lista es larga y el Excel de requisitos ya no cabe ni en esta columna.
La idea que teníamos del líder ideal —tipo héroe visionario de póster motivacional— parece estar en vías de extinción. Hoy se espera un liderazgo que escuche, conecte y no se sienta amenazado por una hoja de cálculo… o por una IA que escribe mejor.
Porque sí: según la firma global McKinsey, el 92 % de las empresas planea aumentar sus inversiones en inteligencia artificial durante los próximos tres años. Sin embargo, solo el 1 % de los líderes considera que su organización está “madura” en la integración real de la IA: es decir, que esta impulse resultados y forme parte cotidiana del trabajo.
¿Será que los líderes han cambiado? ¿O será que la gente ya no está dispuesta a seguir a cualquier mesías con gafete? Le dejo estas preguntas abiertas… para un café con criterio.