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5 de agosto 2025

Mario Maraboto

A raíz de las imágenes publicadas, en redes sociales y en medios impresos, de políticos de Morena vacacionando en países de Europa y lejano oriente, la presidenta Sheinbaum ha insistido en que el poder se debe ejercer con humildad, la más reciente, el pasado viernes.

Cuando la escuché la primera vez, al instante pensé en la paradoja de hablar de humildad cuando se vive en un palacio, que, además, es del pueblo de México a quien desde el sexenio pasado se le ha negado la visita para conocerlo y admirar sus murales, como era antes.

Luego reflexioné sobre el valor de la humildad y el ejercicio del poder. Me parece que la humildad se refiere a la actitud de reconocer las limitaciones personales y la capacidad de valorar los conocimientos y experiencia de otros para poder ejercer el poder entendido como disposición a servir a los demás. De la forma en que se trabaje en la humildad dependerá la calidad y calidez del servicio que implica el ejercicio del poder. Un líder humilde reconoce que el equipo aporta ideas vitales y asume que no tiene todas las respuestas. Que la presidenta viaje en aviones comerciales no son signos de humildad, sino de populismo.

Ceo que ejercer el poder con humildad es generar confianza, un clima de responsabilidad compartida y evitar la concentración excesiva de autoridad. Su antípoda es la arrogancia, es decir, la actitud de quien se considera superior en todos los aspectos a los demás -incluidos sus jefes- y actúa con altanería y desprecio a todo lo que se oponga a sus intereses. Ejemplos: varios políticos en el poder.

Encontré dos ejemplos del ejercicio del poder en la humildad: Nelson Mandela, primer presidente negro de Sudáfrica, quien gobernó desde la reconciliación y el perdón, admitiendo sus propios errores políticos previos, y Jacinda Ardern, quien gobernó Nueva Zelanda a los 37 años con empatía y quien de su vulnerabilidad hizo fortaleza.

Quizás la presidenta tiene la voluntad de actuar con humildad, pero parece ser que no reconoce sus limitaciones y no escucha a quienes debiera para tomar decisiones, sino que se deja influenciar por voces que buscan su propio beneficio o satisfacer el interés de alguien más. Eso no es humildad, sino humillación.

Creo que muy pocos en su gabinete pueden decir y demostrar que sí actúan con humildad, pero parece no escucharlos, en tanto hay otros, heredados del pasado (emisarios del pasado, les llamaba Luis Echeverría) que actúan con abierta arrogancia e hipocresía.

La humildad no tiene que ver con unas vacaciones en tierras paradisíacas, sino en reconocer lo que se tiene producto del trabajo, que posibilita un viaje a donde sea. Tratar de aclarar que sus vacaciones y sus pertenencias son producto de su sueldo es poco creíble; es como vivir en un palacio ajeno y decir que el poder se ejerce con humildad.

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