En silencio, sin escándalos ni protestas, esta semana se desvanece la independencia del Poder Judicial Federal. Lo que por años fue una institución bastión del equilibrio constitucional, hoy enfrenta un desgaste profundo. No se trata solo de reformas o recortes: es el fin de una era.
Los jueces que dedicaron su vida a estudiar, juzgar con imparcialidad y proteger derechos, comienzan a irse. No por falta de vocación, sino por el hostigamiento institucional y la desvalorización de su labor. Las condiciones para ejercer justicia con autonomía han cambiado, y con ellas, el ánimo de quienes sostienen este poder.
Entre los órganos jurisdiccionales reina el desencanto. La motivación se desvanece entre rumores, desprestigio y un futuro que nadie se atreve a imaginar con certeza.
La justicia independiente no muere con una reforma; muere cuando se normaliza su ausencia. Hoy nos despedimos de algo más que un sistema: decimos adiós a una garantía democrática.