Por mi ejercicio profesional, en diferentes momentos -especialmente cuando fui Director de Comunicación en el Instituto Federal de Telecomunicaciones- he tratado con Ciro Gómez Leyva y, como a muchos, me impactó el atentado en su contra y por eso leí con avidez su libro “No me pudiste matar” y escuché atentamente algunas entrevistas que le hicieron al respecto.
Su lectura y las entrevistas me hicieron recordar y reflexionar sobre lo que fue el pasado sexenio. Cuando refiere que “ciento noventa y cinco mil mexicanos fueron asesinados, 55 000 desaparecieron (…) en los seis años en que él encaró la tragedia con sarcasmos, sin perder la sonrisa de comediante”, recordé cómo al insultar y denigrar a quien fuera, especialmente algún periodista, el entonces presidente lo hacía con la sonrisa burlona de quien se sabe intocable; pero ofendía más cuando, por ejemplo, al ejercer su “derecho de réplica” sobre los reportes periodísticos de las frecuentes masacres en nuestro país, expresó “Ahí están sus masacres”, mientras riéndose burlonamente mostraba la primera plana del diario Reforma.
Hacia el final de su libro, Gómez Leyva expresa: “él, quien quizá jamás enfrente un procedimiento abreviado, un juicio por sus cientos de miles de muertos, tampoco me pudo matar. Que Dios lo bendiga. Y que se vaya al diablo.” Vino a mi memoria cuando AMLO mandó al diablo a las instituciones democráticas del país y pensé en la remota posibilidad de que las investigaciones destapadas por la actual presidenta sobre el huachicol fiscal lleguen al EXpresidente, para dar un golpe de autoridad.
Recordé entonces cuando otros presidentes, a poco de asumir el cargo, buscaron consolidar poder con un golpe mediático: Salinas encarceló por corrupción a un líder petrolero apodado “La Quina”; Zedillo detuvo a Raúl Salinas, hermano del expresidente, por enriquecimiento ilícito; Peña Nieto hizo lo propio con la lideresa del magisterio Elba Esther Godínez, por lavado de dinero y delincuencia organizada; y AMLO detuvo a Rosario Robles, ex secretaria de Desarrollo Social, por presunto involucramiento en la “estafa maestra.” ¿Sheinbaum enviará a la cárcel a un peso pesado del huachicol?
Pero lo que más me llamó la atención en el libro y en las entrevistas, fue la sensibilidad de quien, a pesar de lo sucedido, muestra ecuanimidad, resiliencia y profundo humanismo: cuando narra la entrevista al abogado de los implicados, David Hernández, revela que fuera del estudio le dijo: “No le deseo el mal a nadie, David. -¿Ni a ellos?…-No…”; al autor material apodado “El Bart” lo bendice: “A ti, Bart, que crees en Dios, que Dios te bendiga”; en otra página asevera que “no sentía rabia por los hombres y mujeres que se asociaron para masacrarme”, y en las entrevistas ha reiterado: “No le deseo mal a nadie, porque la violencia no se combate con más violencia”. El atentado no alteró su voluntad de reconocer la fragilidad humana, y seguramente por ello se niega a desear el mal.
Viktor Frankl dijo que “la vida ha de tener un sentido bajo cualquier circunstancia, incluso en la peor que seamos capaces de concebir.” Ciro le ha dado sentido a su vida y por ello su reflexión final es que, pese a la violencia, “la vida sigue y puede ser mejor”.
No desear el mal es lo que hace falta a muchos líderes políticos. Ciro demuestra que sí se puede. Gracias por ello, mi estimado.