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14 de octubre 2025

Mario Maraboto

La Constitución Política de 1917 establecía en el artículo 69 que, “a la apertura de sesiones del Congreso, (…) asistirá el presidente de la República y presentará un informe por escrito (…) sobre el estado general que guarde la Administración pública del país.”

Desde entonces, cada presidente acudía personalmente al Congreso a entregar el informe por escrito y a explicar, entre 1:30 y 4 horas (dependiendo del presidente), el estado de su Administración. Con el tiempo se sumaron algunos rituales como el implementado por Porfirio Díaz: trasladarse del Palacio Nacional al entonces Palacio Legislativo a bordo de un automóvil descubierto para realzar la figura presidencial y reforzar su “cercanía” al pueblo y su liderazgo. El día del informe era de descanso obligatorio para que el pueblo (burócratas –con todo respeto– obligados) formara una valla que vitoreaba por su informe al respectivo presidente, mientras el auto descubierto recorría las calles hacia el Palacio Nacional en medio de una continua lluvia de confeti. Ya en el Palacio, se formaba una larga fila de funcionarios y políticos para felicitar al presidente en lo que se convirtió en un besamanos.

El evento tornó en un espacio para manifestar la fortaleza del mandatario, ante un Congreso afín al partido en el Gobierno; un evento de propaganda para mostrar al Ejecutivo en su mejor momento, un acto de autoelogio; se informaba de los logros de la Administración y no se admitía debate en el Congreso; todo eran aplausos de legisladores en carácter de súbditos. Era “el día del presidente”, el todo poderoso.

En 1979 inició la apertura política; las Cámaras legislativas analizaban el informe presidencial y el Congreso se convirtió en espacio de debate; incluso en el último informe de Miguel de la Madrid (1988), un senador de oposición, Porfirio Muñoz Ledo, lo interrumpió para denunciar el fraude electoral de ese año. En 1997, el partido en el poder perdió el control de la Cámara de Diputados que, por primera vez, puso frente a frente a dos poderes totalmente independientes y, aunque en 2008 se quitó la obligación presidencial de acudir a la sede del Legislativo, el día del informe seguía siendo el día del presidente, quien, en un ambiente controlado en un auditorio público, pronunciaba un discurso para destacar sus logros, con asistencia de miles de burócratas que ahora ya no estarían de pie haciendo valla, sino sentados cómodamente.

Así fue hasta que, en 2019, a la soberbia del entonces presidente se le hizo poco los miles de personas que podrían caber en un lugar cerrado y optó por llenar el Zócalo, con decenas de miles de burócratas, obligados como antaño, para presumir sus presuntos logros. Solo le faltó tener al Congreso totalmente a sus órdenes, pero le hizo la tarea (entre otras) a su sucesora.

Este año, nuevamente con un Congreso mayoritario del partido en el poder, debió ser el día de la presidenta. Casi lo logra al quitar de la primera fila a algunos indeseables, pero en vez de resaltar los pocos logros de su primer año de Gobierno (especialmente en seguridad) como lo hicieron todos sus antecesores, se encargó de hablar de los logros y “prestigio” del EX.

No fue el día de la presidenta, sino el día del EXpresidente.

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