Con profunda tristeza y una indignación que nace no solo del deber político, sino también del corazón de un padre, me uno al clamor por justicia tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo.
Hoy, con mi hija en brazos, no puedo dejar de pensar en la orfandad que deja la violencia, en las familias que se rompen y en los hijos que crecen sin el abrazo de su padre porque el crimen y la impunidad les arrebataron su futuro. Hace apenas siete meses, experimenté la dicha más grande de mi vida al convertirme en papá; desde entonces, cada tragedia como esta me golpea distinto. Ya no pienso solo como legislador, sino como un mexicano que teme por el país que heredarán nuestros hijos.
Carlos Manzo fue un hombre valiente, un servidor público que eligió la ruta más difícil: la del compromiso con su comunidad, la de no claudicar ante el miedo. Su asesinato no es un hecho aislado, sino el reflejo más crudo del abandono del Estado y del fracaso del Gobierno de la llamada Cuarta Transformación frente al crimen organizado. Murió haciendo lo que Morena prometió y no cumplió: devolverle la tranquilidad a las familias mexicanas, la misma tranquilidad que todos soñamos para nuestros hijos.
Este crimen arremete contra los cimientos mismos de la comunidad de Uruapan y contra la confianza que los ciudadanos depositan en sus autoridades. Representa un fracaso del Estado para garantizar seguridad, justicia y protección. Representa una herida abierta para todos los michoacanos y para todos los mexicanos que creemos que un Estado serio debe estar del lado de las víctimas, debe actuar con firmeza y decisión, no con silencios ni evasivas.
A la familia de Carlos Manzo, a sus seres queridos, al pueblo de Uruapan: tengan toda mi solidaridad. Su voz no puede apagarse. Su memoria debe impulsarnos a exigir que su muerte no quede impune. Que cada día que pase sin respuestas sea una afrenta al país que aspiramos a construir. Hoy levantamos su nombre como símbolo de dignidad y de una exigencia que se alza más fuerte que nunca: justicia, verdad y castigo para los responsables.
A todas y todos los mexicanos: no podemos permitir que la violencia se normalice. No podemos acostumbrarnos a la impunidad. Cuando un presidente municipal, un servidor público o un ciudadano comprometido es asesinado, la sociedad entera fallece un poco. Esta tragedia debe ser un llamado de alerta: no habrá paz sin justicia, no habrá seguridad sin resultados. Las familias merecen vivir sin miedo, los niños y jóvenes merecen un país donde los sueños no se apaguen por las balas, y las comunidades merecen autoridades que los defiendan de verdad.
El país entero observa y exige: que este crimen no sea uno más en una lista sin fin. Que quienes ejercen el poder federal asuman su obligación de proteger a los mexicanos, de construir instituciones fuertes y de revertir la crisis de violencia que vive nuestro país. Que quien gobierna cumpla con lo que ofreció: un México en paz, con oportunidades y con esperanza.
Frente a la muerte de Carlos Manzo, reafirmo mi compromiso, como diputado del Partido Acción Nacional en Querétaro, de levantar la voz, de no dejar pasar esta injusticia y de aportar hasta donde me corresponde para que su memoria se convierta en fuerza transformadora, porque transformar el dolor en acción es lo mínimo que podemos hacer.
Hoy, más que palabras, se exige la acción de un Estado que no se rinda, que no se esconda… que no dé la espalda a sus ciudadanos.