“Alguien me habló todos los días de mi vida al oído. Me dijo: ‘¡Vive, vive, vive!’. Era la muerte”.
Jaime Sabines
El 31 de octubre, se celebra Halloween. Detrás de las máscaras y los dulces, se esconde una antigua celebración celta: el Samhain, ligado a las tradiciones agrícolas y espirituales celtas. El Samhain, “fin del verano” en irlandés antiguo, marcaba el final de la cosecha y el inicio de la época oscura del año. Para los celtas de Irlanda, Escocia y Gales, este día era más que un cambio de estación, era la transición entre el mundo de los vivos y el de los muertos, donde las barreras entre ambos se desdibujaban y los espíritus caminaban entre los humanos. En México, la vida y la muerte se entrelazan. La flor de cempasúchil, las velas y las mariposas iluminan el viaje de las almas; la sal, el agua y el copal purifican. El papel picado representa el viento y la fragilidad de la vida. En el siglo XIX, Posada representó a la muerte como una dama de la Belle Époque, la llamó Catrina. Esta es democrática, se lleva a ricos y a pobres.
En ambas fiestas, se borra la línea que divide el mundo de los vivos y los muertos.