Junio y julio han discurrido bajo un mismo compás: el repique de las tormentas de verano y el frenesí del balompié. Mientras la lluvia devuelve el verde vivo a nuestros cerros, los bares se abarrotan de multitudes que congelan la rutina para congregarse frente a las pantallas. Últimamente, la vida social parece gravitar, de forma casi magnética, en torno a una esfera de cuero. Sin embargo, reducir este fenómeno a un simple juego de noventa minutos sería pecar de miopía. El Mundial actual ha sido, ante todo, un microcosmos de la geopolítica contemporánea.
La justa mundialista nos ha dejado postales memorables. Por un lado, la imponente figura del «vikingo» Erling Haaland, cuyo festejo del remo evoca la mística y el arraigo del nacionalismo noruego. Por el otro, el conmovedor papel de la selección de Irán, un equipo que se despidió del torneo profundamente agradecido con México por la calidez de su hospitalidad.
Este contraste humanitario no es gratuito; resalta aún más cuando se le compara con las hostilidades institucionales vividas al norte de la frontera. El torneo evidenció el sesgo y los malos tratos del gobierno de Donald Trump hacia las delegaciones de África y de las naciones árabes, exhibiendo el rostro más rancio de la exclusión.
En contraparte, el paso de los visitantes extranjeros por tierras mexicanas terminó por sepultar la narrativa alarmista de los sectores más conservadores, tanto nacionales como internacionales. Esa propaganda sistemática que busca retratar a nuestro país como un páramo invivible —bajo la absurda premisa de que hay un criminal detrás de cada nopal— se desmoronó ante la realidad de un México festivo, seguro y generoso. El torneo, además, no estuvo exento de las ya habituales sospechas institucionales, dejando al descubierto lo que muchos consideran un evidente favoritismo de la FIFA para pavimentar el camino de la albiceleste.
La gran fiesta estival llegará a su fin este domingo con una final de pronóstico reservado entre España y Argentina. Más allá de que gane el mejor, este torneo nos recuerda que el fútbol jamás ha sido apolítico. El balón no solo rueda sobre el césped; rueda sobre los tableros del poder, la diplomacia y el orgullo de las naciones. Al final del día, el fútbol no es el opio del pueblo, sino el espejo que refleja nuestras más profundas tensiones globales.