Los vampiros han sido objeto de devoción y afición en la historia del cine. Desde ‘Nosferatu’ (FW Murnau, 1922) hasta las sosas entregas de ‘Crepúsculo’, el tema de las bestias hematófagas ha encontrado una extraña fascinación entre los cinéfilos. El británico David Slade se aventuró a dirigir una nueva variante, basada en la novela gráfica de Steve Niles. Los hechos se suceden en la remota población de Barrow, Alaska, enclavada en pleno círculo polar ártico. Los habitantes se preparan para los días más extremos del invierno que incluyen un mes de oscuridad total. Unos emigran a lugares más cálidos y otros permanecen, estoicos, soportando las adversidades climáticas. El escenario es perfecto para el arribo de un grupo de hambrientos, fotofóbicos y hasta elegantes seres sobrenaturales.
Con la ayuda de un extraño (el siempre eficiente Ben Foster), el grupo encabezado por Barlow (genial Danny Houston) se da a la tarea de cazar, uno por uno, a cada habitante. Lo que no esperaban era la improvisada resistencia del sheriff local (Josh Harnett) y su esposa (la australiana Melissa George). Siguiendo los cánones del género, los agresores tienen facciones humanoides monstruosas, habilidades sobrenaturales y un apetito feroz. El director no se detiene en sutilezas y hace, de cada escena de cacería, un verdadero baño de sangre con ángulos interesantes, cortesía del fotógrafo belga, Jo Willems. Si algo funciona a la perfección, es el clima de aislamiento y, por tanto, de desesperanza. Los necios deberán esperar 30 días para la huida de sus perseguidores. John Carpenter, en 1982, ya nos había regalado una película (ahora de culto) similar con ‘The Thing’, ambientada en la congelada Antártida. Para los lectores que amablemente me preguntaron sobre recomendaciones de cintas de terror no tan conocidas, ‘30 días de noche’, es una buena opción para dar algunos saltos en el sillón. Disponible en HBO.