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8 de diciembre 2025

Miguel Flores/Lo bueno, lo malo y lo peor

El pasado sábado 6 de diciembre, el Centro Histórico de Querétaro, mientras inspectores municipales intentaban aplicar el reglamento contra el comercio ambulante en la Plaza de Armas y el andador 5 de Mayo, un grupo de artesanos indígenas (muchos de ellos mujeres, y adolescentes) resistió el decomiso de su mercancía, derivando en golpes, insultos y un saldo de cinco funcionarios lesionados. Este no es un incidente aislado, sino el capítulo más reciente de una “relación tóxica” entre autoridades y vendedores. Frente a este desorden, urge una reflexión: ¿qué gana Querétaro con la fuerza bruta cuando el diálogo podría tejer soluciones duraderas?

LO BUENO

En medio del tumulto, brilla un esfuerzo municipal que, aunque insuficiente, merece reconocimiento: la oferta de espacios regulados como el Mercado Artesanal y la Cineteca Rosalío Solano, donde cerca de 200 artesanos han encontrado refugio para sus piezas. El subsecretario Juan Carlos Arreguín ha insistido en que “nadie es dueño de la calle”, pero también en mesas de diálogo que, en teoría, priorizan el respeto a la ley sin marginar a los indígenas. Este sábado, la mayoría de los vendedores optó por la Feria Artesanal en el Jardín Guerrero, demostrando que la reubicación voluntaria es viable cuando se comunica con antelación. Es un paso hacia un ordenamiento urbano que equilibre el turismo con la subsistencia cultural.

LO MALO

El pulso de la confrontación revela una falla compartida: la obstinación de un núcleo de 50 a 60 artesanos que, pese a notificaciones previas, insisten en ocupar zonas prohibidas, ignorando que su presencia desordena el flujo peatonal y compite injustamente con locatarios formales. De un lado, el derecho a la cultura indígena; del otro, la preservación de un patrimonio que genera millones en turismo. Esta terquedad mutua, autoridades con más escudos que soluciones y vendedores que convierten la plaza en barricada, erosiona la confianza pública y perpetúa un ciclo de “limpieza” temporal que regresa con cada puente festivo. Es el mal de la inercia, un Gobierno que opera en modo reactivo y artesanos que, en su legítima lucha, olvidan que el caos colectivo perjudica a los más vulnerables entre ellos.

LO PEOR

Lo verdaderamente aborrecible es cómo este zafarrancho mancha el alma de Querétaro, convirtiendo su centro en un foco de agresiones bajo la mirada de turistas y celulares. ¿Qué mensaje envía al mundo una urbe que permite que inspectores sean heridos mientras decomisan sueños tejidos a mano, o que artesanas indígenas, guardianas de tradiciones milenarias, terminen forcejeando como delincuentes? Esta fractura no es solo urbana; es social, un Querétaro dividido entre el brillo patrimonial y la sombra de la exclusión, donde la violencia brota no de la ley, sino de su aplicación insensible. Si no se corrige, no solo perderemos calles transitables, sino el espíritu de una capital que debería unir, no confrontar. En última instancia, este enfrentamiento clama por un liderazgo visionario, mesas permanentes con mediadores independientes, incentivos fiscales para artesanos reubicados y campañas que eduquen sobre el valor mutuo. Querétaro no puede permitirse más sábados de vergüenza; su historia exige mejor.

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