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22 de diciembre 2025

Miguel Flores/Lo bueno, lo malo y lo peor

LO BUENO
En un panorama político mexicano marcado por la polarización entre Morena y el PAN, la visita de Claudia Sheinbaum a Querétaro representó un raro ejemplo de realismo bipartidista. Al refrendar la coordinación con el gobernador Mauricio Kuri, la presidenta no solo prioriza obras clave como la planta de energía y el tren rápido, que prometen impulsar la conectividad y el desarrollo regional, sino que también envía un mensaje sutil: la federación puede trascender las trincheras partidistas para beneficiar al «pueblo de México». Esto fortalece el federalismo en un contexto social donde la desigualdad energética y educativa exige colaboración, mostrando que, al menos en Querétaro, el PAN y Morena pueden alinear intereses comunes sin diluir sus identidades. Es un soplo de aire fresco en un clima de confrontación eterna, donde el reconocimiento mutuo (como el elogio de Kuri a la «ejecutividad» de Sheinbaum, y viceversas) podría inspirar un diálogo más constructivo en otros estados opositores.

LO MALO
Sin embargo, esta aparente armonía no escapa a las sombras del cálculo político. La gira de Sheinbaum, aunque útil para supervisar avances modestos como el 8% del tren México-Querétaro, huele a estrategia preelectoral: Morena busca legitimar su centralismo al «apoyar» entidades panistas, mientras Kuri, en un estado clave para la oposición, acepta el abrazo federal para mitigar críticas locales. En el contexto político-social, esto resalta una tensión inherente: la federación morenista impone su agenda (desde becas hasta nombres históricos en obras) sin ceder mucho terreno, lo que podría erosionar la autonomía estatal del PAN. Es una cooperación desigual, donde el «trabajo conjunto» enmascara una dinámica de dependencia.

LO PEOR
Lo más preocupante es cómo esta visita perpetúa una ilusión de unidad que oculta fracturas profundas en el tejido político-social. Mientras Sheinbaum y Kuri se felicitan mutuamente, ignoran que la centralización morenista que ha marginado a estados opositores en presupuestos y decisiones clave, exacerbando desigualdades regionales. En Querétaro, un bastión panista próspero, esta «coordinación» podría ser un caballo de Troya para erosionar la influencia del PAN, disfrazando intervencionismo federal como solidaridad. O peor aún, en un contexto de polarización social (donde Morena acusa a la oposición de elitismo y el PAN ve al gobierno como autoritario), tales gestos deslegitiman el debate genuino. Si esta es la «nueva normalidad», México arriesga un federalismo de fachada, donde la verdadera lealtad no es al pueblo, sino a las encuestas y al poder centralizado.

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