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13 de enero 2026

Laura Aguilar Roldán

Vivimos en una era donde casi todo lo que sabemos del mundo nos llega a través de una pantalla. Noticias, audios, videos, mensajes reenviados. Confiamos en lo que vemos y escuchamos. Pero hoy, esa confianza está en riesgo.

La inteligencia artificial ha avanzado a tal nivel que ya es posible crear videos y audios falsos tan realistas que ni expertos logran distinguirlos a simple vista. A nivel internacional, el número de deepfakes crece a un ritmo superior al 900 % anual, y estudios del MIT advierten que la desinformación se difunde hasta seis veces más rápido que la información verdadera. El problema no es la tecnología. El problema es cómo se usa… y cómo la consumimos.

Las plataformas digitales analizan nuestros gustos, miedos, emociones y hábitos. Con esa información, pueden enviarnos mensajes hechos a la medida, diseñados para influir en lo que pensamos, sentimos o decidimos. Estos mensajes no llegan solos: se amplifican con bots y cadenas virales en WhatsApp y redes sociales. Lo hemos visto antes en grandes eventos internacionales y también en México. En 2025 ya circularon deepfakes en procesos públicos, demostrando que esta tecnología ya está entre nosotros.

Imaginemos una situación cotidiana: recibes un video donde una figura pública “dice” algo escandaloso. El video es falso, pero ya se volvió viral. Aunque se desmienta horas después, el daño está hecho. La duda se instala. La conversación cambia. La confianza se rompe. Así se construye una realidad virtual, donde reaccionamos más por emoción que por verdad.

Lo más preocupante es que no existen reglas claras ni leyes específicas que frenen este tipo de contenidos. Mientras la tecnología avanza a gran velocidad, la regulación y la educación digital avanzan lentamente. Sin un marco legal que obligue a identificar contenidos falsos, retirar deepfakes y responsabilizar a quienes los crean o difunden, la ciudadanía queda expuesta a un mar de información sin brújula, donde distinguir lo real de lo falso se vuelve cada vez más difícil.

La tecnología no es el enemigo. El verdadero riesgo es la falta de criterio, de verificación y de responsabilidad colectiva, pero también la ausencia de reglas que protejan a las personas frente al uso abusivo de estas herramientas. Ningún algoritmo puede reemplazar el juicio humano, pero ninguna ciudadanía puede enfrentar sola una tecnología sin límites.

En los próximos años necesitaremos algo más valioso que nuevas aplicaciones:
pensamiento crítico, alfabetización digital y una regulación clara que ponga límites al uso de la inteligencia artificial. Porque la verdad no se defiende sola. Se defiende cuando alguien decide dudar, verificar, no compartir todo lo que recibe… y exigir reglas que protejan nuestra confianza. Hoy, más que nunca, distinguir lo real es tan importante como cualquier avance tecnológico.

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