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13 de enero 2026

Roberto Mendoza

​La Guerra Fría es un cadáver. Punto. Hasta James Bond murió en la última entrega de la saga y, con él, se extinguió la ilusión de las cruzadas morales y las épicas ideológicas. Tras la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Caracas y su comparecencia en Nueva York, el debate público permanece secuestrado por una nostalgia obsoleta. Mientras las redes hierven bajo consignas de «imperialismo» o «liberación», lo que ocurre en Manhattan no es una trama de espías, sino el frío desmantelamiento de un presidente que nunca fue rentable en el tablero global.

​El choque de narrativas es una coreografía estéril. Unos reclaman el derecho exclusivo al agravio; otros denuncian violaciones a una soberanía ya erosionada por el mercado. Pero el realismo es más crudo: lo ocurrido responde a una lógica de precisión quirúrgica y objetivos transaccionales. Las protestas son desahogo emocional, no factor de poder; en Washington no se consultan sentimientos, se calculan beneficios. Quienes aún pretenden leer el presente con manuales amarillentos no entienden que el mundo ya no se divide entre amigos y enemigos, sino entre socios y negocios.

​La geopolítica del siglo XXI no reconoce héroes, solo balances financieros. Hoy no se conquistan territorios para plantar banderas, se aseguran contratos y se controlan recursos. El capital no espera y el destino de las naciones se negocia en llamadas telefónicas entre líderes, no en trincheras ideológicas. Negar este orden no lo frena; aquí no hay epopeyas, hay intereses y facturas. Quien no lo entienda, seguirá publicando necedades y cansándose marchando mientras otros ya están cobrando.

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