La Guerra Fría es un cadáver. Punto. Hasta James Bond murió en la última entrega de la saga y, con él, se extinguió la ilusión de las cruzadas morales y las épicas ideológicas. Tras la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Caracas y su comparecencia en Nueva York, el debate público permanece secuestrado por una nostalgia obsoleta. Mientras las redes hierven bajo consignas de «imperialismo» o «liberación», lo que ocurre en Manhattan no es una trama de espías, sino el frío desmantelamiento de un presidente que nunca fue rentable en el tablero global.
El choque de narrativas es una coreografía estéril. Unos reclaman el derecho exclusivo al agravio; otros denuncian violaciones a una soberanía ya erosionada por el mercado. Pero el realismo es más crudo: lo ocurrido responde a una lógica de precisión quirúrgica y objetivos transaccionales. Las protestas son desahogo emocional, no factor de poder; en Washington no se consultan sentimientos, se calculan beneficios. Quienes aún pretenden leer el presente con manuales amarillentos no entienden que el mundo ya no se divide entre amigos y enemigos, sino entre socios y negocios.
La geopolítica del siglo XXI no reconoce héroes, solo balances financieros. Hoy no se conquistan territorios para plantar banderas, se aseguran contratos y se controlan recursos. El capital no espera y el destino de las naciones se negocia en llamadas telefónicas entre líderes, no en trincheras ideológicas. Negar este orden no lo frena; aquí no hay epopeyas, hay intereses y facturas. Quien no lo entienda, seguirá publicando necedades y cansándose marchando mientras otros ya están cobrando.