La salida de Rubén Rocha Moya de la gubernatura de Sinaloa no es una crisis política local. Es evidencia de un problema mucho más profundo: la fragilidad estructural de los gobiernos de Morena. Durante el obradorismo las crisis podían contenerse desde el centro del poder. Hoy ya no. Ocho años después, lo que empieza a exhibirse es una evidente pérdida de conducción política. Sinaloa lleva semanas atrapado entre violencia, vacío institucional y presión internacional, mientras el gobierno federal muy apenas atina a reaccionar sobre la marcha. Va dando bandazos, tratando de explicar sin acción y la saliva ya no alcanza.
Lo mismo ocurre en Zacatecas. Un concierto que pretendía proyectar normalidad terminó convertido en protesta social por el conflicto del frijol, las denuncias de corrupción y el enojo acumulado contra el gobierno de David Monreal. Campesinos, maestros y estudiantes terminaron unidos en una movilización que exhibe desgaste interno y abandono federal. Mientras eso ocurre, la SEP anuncia un calendario escolar que prácticamente dejaría a millones de niños tres meses fuera de clases, sólo para después matizarlo ante la reacción pública. Jesús Reyes Heroles decía que en política la forma es fondo. Y la forma en que hoy gobierna Morena revela improvisación, reacción permanente y ausencia de previsión. Nada parece pensado para anticiparse; todo opera cuando el conflicto ya explotó.
Ese es el verdadero signo de debilidad. No es todavía un gobierno derrotado electoralmente, sino un gobierno que comienza a ser rebasado por la complejidad del país que muy apenas administra. Gobernar reaccionando todos los días no es gobernar. Es apenas sobrevivir al día siguiente. Históricamente los gobiernos rara vez se derrumban de golpe. Primero se vacían lentamente por dentro. Se agotan cuando ya no pueden adelantarse a los hechos y apenas alcanzan a sobrevivirlos.