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13 de enero 2026

Mario Maraboto

Seguramente nuestros siempre bien informados lectores conocen o han escuchado algo sobre el Síndrome de Estocolmo, referido a la respuesta psicológica de rehenes o víctimas de abuso manifiesta en cierto nivel de simpatía y sentimientos positivos con el (los) abusador(es) o secuestrador(es), al grado de llegar a compartir sus objetivos y causas.

Aunque el síndrome se creó en el contexto de un secuestro, muchos psicólogos y sociólogos han explorado la idea de que algo similar puede darse a gran escala en sociedades sometidas a ciertos regímenes de gobierno en los que los ciudadanos desarrollan lealtad hacia el líder o su régimen, a cambio de beneficios básicos, aun a costa de sus libertades.

Existen ejemplos históricos donde sociedades enteras mostraron dinámicas similares al “síndrome de Estocolmo”, bajo dictaduras o regímenes totalitarios sobre una lógica de miedo, dependencia y lealtad hacia el poder represivo. En la Alemania nazi muchos ciudadanos justificaban la represión y la violencia como necesarias para la “grandeza nacional”; en Rusia veneraban a Stalin como el “padre protector” de la nación; en la China de fin del siglo pasado, la obediencia a Mao Zedong. considerado el “gran timonel”, se mezclaba con gratitud hacia él; y en las dictaduras de Trujillo (República Dominicana) y Somoza (Nicaragua), la represión se acompañaba de propaganda que los presentaba como protectores, y parte de la población desarrollaba lealtad y justificaba el abuso.

El síndrome de Estocolmo es un término clínico individual, pero a nivel social se habla de psicología colectiva creada a través de mecanismos de control, propaganda, miedo y dependencia. Dentro de esta dinámica, ¿una gran parte de la sociedad mexicana vive el Síndrome de Estocolmo?

El régimen actual ha construido una imagen idealizada del líder del movimiento y de su sucesora, reforzada con propaganda, algunos símbolos, y con el reparto masivo de dinero y los programas del llamado “bienestar”, que han y están favoreciendo dinámicas colectivas de dependencia, gratitud y, en ciertos contextos, temor.

Es indudable que la selectividad basada en “primero los pobres” y sus ayudas económicas han generado sentimientos de agradecimiento y cierta “legitimación” del gobierno, aunque los principales problemas no sólo no se reduzcan, sino que se agravan.  No se busca la reducción estructural de la pobreza, sino mantener las ganancias políticas a corto plazo, partiendo de que el intercambio de recursos por apoyo electoral es un mecanismo que transforma relaciones sociales en relaciones de dependencia política.

Aunque hay dinámicas colectivas como la identificación con el agresor, justificación del abuso y lealtad al poder represivo, no podría decirse que México “padece” clínicamente el síndrome de Estocolmo, pero no olvidemos que estas dinámicas han sido fundamentales para la estabilidad de regímenes totalitarios en distintas épocas.

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