La nueva credencial del servicio universal de salud se anuncia como uno de los avances tecnológicos más ambiciosos —y caros— de los últimos años en el sector salud, después de un largo rezago en modernización. A partir del primero de marzo iniciará el registro, con calendario por letra del apellido, para absolutamente toda la población: infancias, adultos y adultos mayores.
La promesa es atractiva y en un principio se escucha bien: una credencial física y una aplicación móvil donde se concentre el historial clínico completo —alergias, medicamentos, estudios, análisis— disponible para todas las instituciones públicas de salud, desde el IMSS hasta el ISSSTE o IMSS-Bienestar, etc. En teoría, se rompe con un modelo fragmentado y desarticulado que ha sido una constante histórica.
El problema es confundir digitalizar con mejorar. Un expediente homologado no garantiza médicos, medicamentos ni atención oportuna. El orden administrativo ayuda, sí, pero no sustituye la infraestructura ni al personal.
La credencial puede ser una herramienta útil, pero no es una política integral de salud. Así que mi recomendación es sencilla: siéntese, tómese un buen café… y luego vaya a registrarse. No vaya a ser que al rato no logremos la credencial del INE de la salud.