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2 de febrero 2026

Paloma Espinoza Cházaro/Ciudadanía y Café

@palomaechazaro

Esta semana, dos notas científicas se colaron en el radar público y encendieron las alarmas. Para muchos, son grandes avances —y lo son—, pero vale la pena preguntarnos qué implican en términos éticos y de política pública.

La primera viene del mundo de la biomedicina: un startup anunció el inicio de pruebas en humanos para “rejuvenecer” células específicas del ojo mediante reprogramación genética, con la intención de tratar glaucoma. No busca la eterna juventud (todavía), sino extender años de vida saludable. Suena prometedor, pero también plantea preguntas incómodas: ¿qué pasará cuando estas terapias sean accesibles solo para unos cuantos?, ¿cómo impactará esto en sistemas de salud, pensiones y envejecimiento poblacional?

La segunda nota revive un viejo fantasma: el científico chino que editó embriones humanos en 2018 ahora busca retomar ensayos genéticos para eliminar enfermedades como Alzheimer, esta vez fuera de su país. Aquí el dilema es mayor: hablamos de cambios heredables, desigualdad biológica y una carrera científica que va más rápido que las reglas.

La pregunta no es si la ciencia debe avanzar, sino cómo, para quién y con qué límites. Porque cuando la innovación se adelanta a la ética, el susto es colectivo. Si quiere, para digerirlo mejor… cómase un tamalito para el susto.

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