Si usted creía que el Super Bowl era meramente un evento deportivo, lamento decirle que se quedó corto. Hace años que este tipo de escenarios dejaron de ser solo deporte o espectáculo: hoy son vitrinas globales donde la voz se amplifica y el mensaje llega más lejos.
Da igual quién ganó el partido, si usted entiende o no el futbol americano, si le gustó o no el medio tiempo o si solo prendió la tele para ver si Bad Bunny bailó, cantó o se guardó energía. El Super Bowl es el escaparate más visto del mundo. Y ahí no solo se juega en el campo: se juegan narrativas, posturas y batallas simbólicas.
La NFL no improvisa. Sabía perfectamente el riesgo —y el impacto— de subir a ese escenario a un artista con voz política y peso cultural. Sabía que el evento estaría rodeado de conversación social, especialmente en un momento donde los temas migratorios atraviesan la agenda pública. No fue casualidad, fue cálculo.
Una vez más, lo social y lo político se cuelan en el espectáculo, generan aplausos, críticas y una polarización que no se puede tomar a la ligera. Porque cuando el foro es global, el mensaje también lo es.
El Super Bowl no es solo un partido. Es poder, narrativa y disputa. Y eso, nos guste o no, también se juega en horario estelar.