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10 de febrero 2026

Laura Aguilar Roldán

Entre 2025 y los primeros meses de 2026, México ha confirmado más de 7,500 casos de sarampión y al menos 26 defunciones asociadas, de acuerdo con reportes sanitarios nacionales y regionales. La cifra contrasta de forma abrupta con los años previos, cuando el país registraba menos de 100 casos anuales, la mayoría importados y sin transmisión sostenida. Hoy, el virus vuelve a circular de manera activa y coloca a México como el país con mayor número de contagios por sarampión en toda la región de las Américas.

El repunte no es marginal. En entidades como Chihuahua y Jalisco se concentran miles de casos, mientras que otras regiones del país ya reportan contagios confirmados. El aumento ocurre en un contexto crítico: la cobertura de vacunación necesaria para contener el virus —95 % de la población con dos dosis— no se ha alcanzado de forma sostenida. En algunos periodos recientes, esa cobertura cayó por debajo del 90 %, una brecha suficiente para que una enfermedad altamente contagiosa encuentre de nuevo espacio para propagarse.

El sarampión no es una enfermedad menor ni benigna. Es uno de los virus más contagiosos conocidos: una persona infectada puede transmitirlo a entre 12 y 18 personas sin inmunidad. Se propaga por el aire, puede permanecer activo hasta dos horas en espacios cerrados y afecta tanto a niños como a adultos. Sus síntomas iniciales —fiebre alta, tos persistente, escurrimiento nasal y conjuntivitis— suelen confundirse con infecciones respiratorias comunes. Días después aparece la erupción cutánea característica que inicia en el rostro y se extiende al resto del cuerpo. En los casos más graves, las complicaciones incluyen neumonía, encefalitis, secuelas neurológicas permanentes e incluso la muerte.

Las cifras ayudan a entender por qué el virus ha regresado. Durante la pandemia, millones de esquemas de vacunación quedaron incompletos. Campañas suspendidas, consultas pospuestas y un sistema de salud enfocado en la emergencia dejaron una generación con protección parcial. A ello se sumó la desinformación y una percepción errónea de seguridad: la idea de que, al no verse, el sarampión ya no representaba un riesgo real.

El contraste entre entidades es ilustrativo. En Querétaro, por ejemplo, los casos confirmados han sido menos de una decena y se han mantenido bajo control gracias a una respuesta epidemiológica más rápida y a coberturas de vacunación relativamente estables. Sin embargo, la presencia misma del virus en el estado demuestra que ninguna región es inmune cuando el contexto nacional es de transmisión activa.

No existe un tratamiento antiviral específico contra el sarampión. La única protección efectiva es la vacunación. Los números no solo describen un brote, sino una advertencia: los logros en salud pública no son permanentes. Requieren constancia, confianza y responsabilidad colectiva. Cuando esas tres fallan, incluso las enfermedades que parecían superadas encuentran la forma de volver.

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