Los autores sabían antes de escribir la primera línea que estaban construyendo una ojiva nuclear. No habla una secretaria: habla el exconsejero jurídico presidencial, cuya oficina estaba junto a la del presidente, a quien llamaba “hermano”. Es memoria desde el núcleo del poder. Y la editorial entendía lo que tenía entre manos. Lanzó un acontecimiento. Extractos estratégicos anticipados a medios, una oportuna filtración en los grupos de WhatsApp donde arde la política. No fue descuido, fue diseño. Una campaña de expectativa digna de grandes producciones cinematográficas donde los posibles lectores hacen el trabajo de promoción, indignándose primero y comprando después.
El golpe más visible cayó sobre Jesús Ramírez, la pieza más incómoda del obradorismo duro, asesor cuya influencia ha generado tropiezos mediáticos a la presidenta. El libro no compite por atención: compite por emociones: indignación, lealtad tribal y morbo. Alimenta la narrativa que muchos desean confirmar: “esto prueba que la 4T es corrupta”. La pregunta inevitable es si el libro funciona como detonador de una bomba nuclear: ¿es presión pública para forzar una renuncia que no ha sido autorizada? Nada de esto se litiga en tribunales. En política pesa más lo que se instala en la conversación que lo que dicta un juez.
La exigencia pedía una cabeza y apareció otra: la del controvertido Marx Arriaga. Una caja china que distrae, redistribuye la tensión y simula respuesta. Pero el lodo ya salpicó a Jesús Ramírez, aunque permanezca. La detonación ocurrió. Habrá consecuencias que nadie podrá detener. ¿Es una venganza largamente incubada? ¿Un ajuste de cuentas entre élites? ¿Una jugada para reacomodar fuerzas en la 4T? ¿O una estrategia editorial brillante? Tal vez todo al mismo tiempo. Lo cierto es que la sociedad no es espectadora: ha sido utilizada, manipulada. Y cuando el público se convierte en arma, alguien siempre termina herido… o sin cabeza.