Cuando la discusión educativa se atrinchera en posturas ideológicas —como ha ocurrido con Marx Arriaga y la defensa férrea de los libros de texto— el debate deja de ser pedagógico y se vuelve político. Y ahí es donde perdemos el rumbo (si no es que ya lo habíamos perdido).
Más allá de discursos, los datos son claros: más del 50 % de los adultos no concluye la media superior y solo 17 % tiene estudios universitarios. En PISA 2022, México quedó por debajo del promedio OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Apenas 1 % de estudiantes alcanza niveles avanzados. No es percepción, es evidencia.
La Nueva Escuela Mexicana apuesta por un enfoque humanista y comunitario. Suena bien. Pero el reto no está en el discurso, sino en la implementación. Menos horas de instrucción que la OCDE, grupos más grandes y brechas regionales profundas no se corrigen con narrativa.
La controversia sobre los libros de texto refleja una tensión real: ¿formamos pensamiento crítico o descuidamos aprendizajes medibles? La educación no debería ser campo de batalla ideológica, sino política pública basada en resultados.
Porque mientras discutimos el enfoque, los números siguen ahí. Y esos no tienen ideología.