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3 de marzo 2026

Mario Maraboto

Continuamente la presidenta Sheinbaum, al igual que su antecesor, se refiere a Felipe Calderón como detonador y principal referente de una “guerra” en contra del narcotráfico. Pero el tema ha estado presente en México desde mediados del siglo pasado; primero veladamente, luego abiertamente conforme paulatinamente crecía el problema, hasta que cobró un inaudito incremento durante los pasados siete años

A partir de Gustavo Díaz Ordaz (1964–1970) los informes han ido pasando de la no mención -o tratamiento marginal del problema- a reconocimientos explícitos y, finalmente, a la declaración de políticas públicas y estrategias de seguridad. Cada presidente optó por un estilo personal para referirse y hacerle frente al problema; el énfasis y el lenguaje cambiaron según el contexto político, pasando de seguridad interior y contrainsurgencia en los 60–70, a reconocimiento público y cooperación internacional desde los 80, y a estrategias militarizadas en el siglo XXI, hasta que la presidenta Sheinbaum lo trató como “delincuencia organizada” omitiendo la palaba “narcotráfico”.

Díaz Ordaz enmarcó el problema dentro de una estrategia de seguridad interior y priorizó acciones de control social más que una política antidrogas pública y transparente. Echeverría reconoció una lucha contra la delincuencia organizada y desarrolló campañas antidrogas en paralelo a la represión política. López Portillo, presionado por alertas internacionales, fue el primero que públicamente habló del narcotráfico como un problema de alcance nacional.

De la Madrid, fiel a su tibieza, habló del narcotráfico como “cuestión de Estado” e intentó institucionalizar su combate y coordinar acciones. Carlos Salinas enfatizó la necesidad de la investigación financiera y visibilizó esfuerzos contra el lavado de dinero y la desarticulación de redes criminales; Zedillo institucionalizó el combate al narcotráfico y la cooperación bilateral con Estados Unidos, con énfasis en detenciones y fortalecimiento de capacidades, en tanto que Fox priorizó la modernización policial y la prevención.

El villano favorito de la transformación de cuarta, Calderón, puso a la seguridad como prioridad y en su toma de posesión ordenó “a los secretarios de Marina y de Defensa a redoblar el esfuerzo (incrementar lo que ya se hacía) para garantizar la seguridad nacional por encima de cualquier otro interés…”, muy similar a lo que hace el actual gobierno, pero no ordenó iniciar una “guerra” sino una lucha; en su primer informe insistió: “… hemos emprendido una lucha frontal contra la violencia y el crimen organizado…. La batalla contra el crimen organizado es una batalla en la que yo estaré al frente”.

Peña Nieto mantuvo la narrativa de combate y recuperación del estado de derecho, pero la mejor estrategia para, no contra, la delincuencia, fue la de AMLO: “Abrazos no Balazos”.

Aunque a lo largo de los años se ha capturado a algunos connotados criminales, quienes los apoyan desde el oficialismo permanecen incólumes. Culpar a Calderón es soslayar el crecimiento del problema a lo largo de los años y evadir públicamente el reconocimiento de la desastrosa herencia recibida del pasado reciente.

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