El poder se ejerce. Donald Trump lo entiende mejor que nadie. Gobierna desde la urgencia: sabe que cuatro años son nada. Por eso actúa. Impone aranceles, presiona economías, interviene cuando lo decide y convierte cada movimiento en narrativa de fuerza. No golpea al azar: escala. Si no es con diplomacia, es con dinero; si no, con fuerza. Trump gobierna como un dictador moderno del sistema internacional: concentra, decide y ejecuta porque puede. Tiene el ejército más poderoso del planeta y el control de la arquitectura financiera global. Cuando alguien lo frena, se sacude. Es el César moderno: vino a vencer.
En México, la Cuarta Transformación hace lo propio. Conquistó el Ejecutivo. Aseguró mayorías legislativas. Controla la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El poder dejó de estar dividido: está alineado. Los contrapesos ya no contienen; acompañan. No es accidente, es acumulación. Y sin resistencia, no necesita justificarse: lo ejercen porque pueden.
Van por la pieza definitiva: las reglas electorales. La reforma en puerta no es técnica, es estructural. Si el oficialismo moldea al árbitro, redefine la competencia y la cantidad de legisladores, el poder dejará de depender del voto y dependerá del diseño. Entonces no necesitará negociar ni convencer. Lo harán porque quieren, porque nada ni nadie les pondrá límites. Y cuando un gobierno controla Ejecutivo, Legislativo, Judicial y elecciones, la democracia muere. El pueblo ya no manda: mandará una voluntad en la Chingada.