Cada 8 de marzo aparecen los discursos, los listones morados y las promesas institucionales. Pero el Día Internacional de la Mujer no nació para celebrar, sino para incomodar. Para recordar que la desigualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una realidad cotidiana.
En México, siete de cada diez mujeres han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. No siempre comienza con agresiones extremas; muchas veces inicia con comentarios “inofensivos”, decisiones laborales desiguales o instituciones que no saben —o no quieren— responder con perspectiva de género. La violencia es estructural y también lo son las omisiones.
En los últimos años se han construido leyes, protocolos y programas. La arquitectura normativa existe. El problema es que entre la norma y la realidad todavía hay un largo camino. Sin presupuesto, seguimiento y voluntad política, la igualdad se queda en discurso.
El reto no es solo reconocer la desigualdad, sino transformar la forma en que diseñamos políticas públicas, instituciones y decisiones cotidianas. Porque la igualdad no se decreta: se construye.
El 8 de marzo no es un recordatorio simbólico. Es una pregunta incómoda para el Estado y para la sociedad: ¿qué estamos haciendo —de verdad— para que las mujeres vivamos sin miedo y ejerciendo los mismos derechos?