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24 de marzo 2026

Laura Aguilar

Hay condiciones que determinan el rumbo de una vida. La autonomía económica de las mujeres es una de ellas. No se trata solo de ingresos, sino de la posibilidad real de decidir: sobre el tiempo, el futuro y la propia historia. Sin esa base, la libertad se vuelve limitada.

En México, esta realidad es evidente. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), alrededor del 45 por ciento de las mujeres participa en el mercado laboral, frente a más del 70 por ciento de los hombres. La diferencia no es menor: revela una estructura donde las oportunidades siguen distribuyéndose de forma desigual.

Incluso cuando las mujeres acceden a un empleo, las condiciones no son equitativas. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que la brecha salarial en el país oscila entre el 14 y el 20 por ciento. Es decir, por trabajos similares, las mujeres continúan ganando menos. La desigualdad no solo impacta el presente; condiciona el futuro.

A esto se suma una dimensión que suele pasar desapercibida. Las mujeres destinan más de 40 horas semanales al trabajo no remunerado en el hogar, según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo. Cuidan, organizan, sostienen… Esa carga limita sus posibilidades de acceder a mejores empleos, emprender o desarrollarse profesionalmente.

En este contexto, la autonomía económica también es un factor de seguridad. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares señala que siete de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Para muchas, la dependencia económica es una de las principales barreras para salir de esos entornos. No es solo falta de recursos: es falta de opciones.

Frente a este panorama, las acciones locales adquieren un valor determinante. En Querétaro, el impulso al Centro de Empoderamiento para las Mujeres, promovido por el alcalde Felipe Macías, busca atender esta realidad desde un enfoque distinto: no desde la asistencia, sino desde la generación de capacidades. Capacitación, acompañamiento y herramientas concretas para que las mujeres puedan generar ingresos propios.

El impacto va más allá de lo económico. Cuando una mujer adquiere habilidades y logra independencia, también transforma la manera en que se percibe a sí misma. Diversos organismos internacionales han documentado que la capacitación incrementa las probabilidades de generar ingresos y mejorar las condiciones de vida.

En colonias como San Pedrito Peñuelas, estas transformaciones ya se viven en lo cotidiano: mujeres que aprenden un oficio, que emprenden, que comienzan de nuevo… Historias que no siempre son visibles, pero que están cambiando el tejido social.

El desafío es claro: ampliar estas oportunidades y garantizar que lleguen a más mujeres, porque la autonomía económica no debe ser un privilegio, sino un derecho.

Cuando ese derecho se ejerce, no solo cambia la vida de una mujer. Cambia inevitablemente el rumbo de toda una sociedad.

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