Hace apenas unas semanas, la mayoría de los mexicanos —me incluyo— no esperábamos absolutamente nada de esta Selección. Veíamos un equipo sin rumbo, con más dudas que certezas, y hasta imaginábamos una despedida temprana en el Mundial de casa. Pero algo pasó.
No solo llegaron los resultados. Regresó esa sensación que hace tanto no provocaba México: la ilusión. Esa que llena las calles de playeras verdes, reúne familias frente al televisor y hace que un país entero vuelva a creer. Y quizá la explicación esté en una generación que no carga con los fantasmas de las anteriores. Estos jóvenes no crecieron escuchando que siempre nos faltaba algo.
No juegan pensando en el “ya merito”. No les pesan las eliminaciones del pasado ni les tiemblan las piernas frente a las grandes potencias. Salen a competir convencidos de que pertenecen a este escenario. Ecuador era una prueba de carácter. Había que confirmar que lo vivido hasta ahora no era una casualidad. Y se consiguió. México dio un golpe de autoridad en un Mundial donde ya vimos despedirse a selecciones poderosas. Mientras otros favoritos se quedaron en el camino, este equipo sigue de pie y alimentando una ilusión que hace apenas unos días parecía imposible.
Falta mucho. Vendrán retos mayores. Pero hoy el sueño continúa. Y por primera vez en mucho tiempo, creer no parece una locura.
Porque al final eso es lo que hace diferente al futbol: cuando rueda la pelota, un país entero vuelve a soñar. ¿Y si sí?