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15 de febrero 2022

Si al presidente no combate el crimen, si no le importa poner ejemplos de civilidad

 

Roberto Mendoza

 

Es un hecho de sentido común asegurar que todos aprendemos por imitación, así aprendemos a caminar, a hablar y a relacionarnos con los demás. De la imitación asimilamos muchas cosas. Si en nuestra casa se leen libros, nuestros hijos serán lectores; si en casa se hace ejercicio, nuestros hijos desarrollarán esas actividades; si en casa hay violencia, nuestros hijos serán violentos, y así sucesivamente, en todos los sentidos. Ya grandes, la imitación sigue alimentándonos en forma de modas, algunas se desvanecen y otras se quedan para siempre; se convierten en algo cotidiano y luego en cultura.

El presidente Andrés Manuel López Obrador lo sabe muy bien; lo usó muchas veces. Dijo en varias entrevistas que propondría un acuerdo de honestidad; así quedó grabado en una entrevista con Ciro Gómez Leyva en 2017: “…Si el presidente es honesto, los gobernadores van a ser honestos, los presidentes municipales y todo el pueblo… voy a dar el ejemplo, el presidente no va a permitir la corrupción… el problema no está abajo…”. ¿Cuál es el ejemplo que ha dado el presidente? De rencor, de odio. Sus acciones son para separar, tiene un ánimo revanchista, ha sido un modelo de permisividad, de inacción, recalca lo malo, pero no plantea un contraste para empujar lo bueno ni traza un camino hacia la ética.

Su ejemplo permea en todos los niveles. Si al presidente no combate el crimen, si no le importa poner ejemplos de civilidad, las acciones de los ciudadanos se encaminan día a día a la ilegalidad. Empieza en las pequeñas cosas; cualquiera se pasa una luz roja, porque no pasa nada, y con esa tolerancia quien sea cobra en la administración de este Gobierno un sobreprecio por su trabajo, fulano hackea nuestro teléfono para engañar a nuestros contactos, zutano habla a la casa de nuestras madres y abuelas, dice que es miembro de un cartel y extorsiona. Sigue en cosas más graves: hay grupos que se organizan para robar autos, para cobrar derecho de piso, para asesinar, para robar y para violar. Lo sufren en las más altas esferas, hasta los gobernadores, hay colgados en puentes, camionetas con cadáveres, masacres; secuestros y violaciones que terminan siempre en la muerte y todo esto pasa porque el presidente no tuvo la fuerza de poner un buen ejemplo, porque no convocó a ningún acuerdo, porque no buscó imponer el orden y la legalidad; dejó a todos accionar como mejor o peor pueden.

Muchos políticos se sienten cómodos con esto o al menos no dicen nada, porque entrar a esta permisividad da dividendos y hasta premios en el extranjero. Si acaso los periodistas lo señalamos, entonces nos llaman mentirosos, y si no alcanza con la difamación, el viernes pasado ya se dio otro ejemplo: silencio, o si no, todo el peso del Gobierno puede caer sobre uno; primero, persecución fiscal. Luego seguirá la cárcel y después… ya hay después; este año ya son cinco periodistas asesinados y en los tres años de este Gobierno 48.

El ejemplo es un arma muy fuerte. El presidente tiene una base de simpatizantes muy amplia y los llena de odio; les alimenta el rencor y les nutre la envidia. ¿Por qué es un pecado ser aspiracionista? ¿Por qué es malo estudiar o querer tener dinero? ¿Cuándo empezó a ser malo comprar mucha ropa o zapatos? ¿Por qué es motivo de vergüenza ganar dinero bien o más que bien, aun cuando se obtuvo con base a nuestro esfuerzo? ¿Cuándo empezó a ser malo ganar más que el presidente? ¿Quién le dijo que él podría poner un tope a la cantidad de dinero que uno quiera ganar? Si es así, por ejemplo, jugar y ganar el Melate será una vergüenza y recibir una herencia pronto tendrá que ser clandestino; no, nos extrañe que oír a Bacilos cantando ‘Mi primer millón’ se convertirá en un delito.

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