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2 de junio 2026

Por Roberto Mendoza.

Edmund Burke imaginó en el siglo XVIII un Parlamento que no existiera para derrotar adversarios, sino para algo mucho más ambicioso: que la discusión pública permitiera modificar el criterio de los legisladores a partir de la escucha de todos los argumentos. La deliberación tenía un propósito concreto. No era un ritual previo a una votación ya decidida, sino el mecanismo mediante el cual hombres con opiniones distintas podían acercarse, corregirse y eventualmente encontrar una decisión mejor para la sociedad. Por eso Burke desconfiaba de las instrucciones dictadas desde fuera del recinto parlamentario. Quien no escuchaba el debate completo difícilmente podía juzgarlo. La razón de ser del Parlamento era precisamente deliberar, quizá coincidir, antes de decidir.

Por eso resulta preocupante observar lo que ocurre con frecuencia en el Congreso mexicano. No porque existan desacuerdos, ni siquiera porque aparezcan momentos de enojo, cansancio, frustración o groseria. Cada vez es más difícil que alguien entre al pleno dispuesto a modificar una posición a partir de los argumentos del otro. Las mayorías votan porque tienen los votos suficientes; las minorías saben que sus argumentos ya no alteran el resultado. Si la deliberación deja de tener efectos, el incentivo ya no es convencer sino confrontar.

Y es ahí donde la representación esta abandonada. Las cámaras no fueron concebidas para reunir 500 personalidades o 128 egos. Fueron concebidas para reunir voces prestadas por millones de ciudadanos. Un diputado no ocupa una curul porque sea él; la ocupa porque miles de personas le confiaron temporalmente la facultad de hablar en su nombre. Entre sus votantes hay ciudadanos de todas las convicciones, temperamentos y formas de entender la vida. Precisamente por eso se espera de ellos una conducta institucional superior a la del ciudadano común. Cuando el debate se vuelve personal, cuando el agravio sustituye al argumento y cuando el ego desplaza a la representación, no pierde una bancada ni un partido. Pierde la institución. Cuando una democracia deja de creer en el valor de la deliberación, no importa la votación, de hecho, no importa nada, porque quienes nos deben representar responden a otro interés, no al nuestro.

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