“Cuéntase -pero Alah es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico- que en lo que transcurrió en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de la China. Era dueño de ejércitos y señor de auxiliares de servidores y de un séquito numeroso.” Así empieza el primer relato de Las Mil y Una Noches, uno de los grandes clásicos de la literatura universal.
Como seguramente todos sabemos, dicha obra es una recopilación de cuentos narrados por Sherezada el rey Shahriar quien, decepcionado por las mujeres, decidió cada noche casarse con una virgen y decapitarla al día siguiente para evitar la posibilidad de ser engañado. Sherezada, hija del visir se ofreció a casarse con él y, para evitar la muerte, cada noche, durante mil una, le contó un cuento que deja en suspenso para continuarlo en la noche siguiente.
Cada noche sus cuentos quedaban inconclusos con la promesa de contar el final la noche siguiente, pero no se cumplía: iniciaba otro cuento con la promesa de que sería mejor que el de la noche anterior. Las narraciones, llenas de fantasía y eventos poco creíbles, incluían historias de amor, poemas, parodias, leyendas, situaciones cómicas y aventuras; todas hiladas con la habilidad narrativa de quien tenía la necesidad de lograr un beneficio personal, en su caso, salvar la vida. Sherezada logró el objetivo con sus narraciones: cautivó a Shahriar quien se fascinó con esos cuentos hasta enamorarse de ella.
El libro me vino a la mente porque la semana pasada se cumplieron mil y una mañaneras que podrían compilarse en un libro de cuentos inconclusos, llenos de promesas incumplidas y de fantasías y falsedades, en cuyo capítulo inicial podría leerse algo así como: “Había una vez un presidente que era dueño de ejércitos y señor de auxiliares de servidores y de un séquito numeroso a quienes un día convenció con las palabras: ‘Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos…’.
Al igual que Sherezada, cada mañana el presidente inicia un cuento nuevo o renueva con mentiras versiones sobre narraciones anteriores, bajo un eje rector fraseado en dichos como: no somos iguales, ya no hay corrupción, soy el más popular y, para casi todo, se trata de un complot para desprestigiar nuestro gobierno.
Después de más de mil una mañaneras, una empresa profesional le ha dado seguimiento a cada uno de los contenidos de esas historia fabulosas de bienestar y prosperidad y ha consignado que cada mañana ha hecho un promedio de 94 afirmaciones falsas con las que sigue cautivando a un todavía alto número de escuchas, aunque muchos ya han dejado de seguirlo.
Entre los cuentos más sobresalientes de estas mil y una mañaneras podrían sobresalir: Se acabó la corrupción; La venta/rifa/ renta (o lo que sea) del avión presidencial; el abasto de medicamentos (o me dejo de llamar Andrés Manuel); un crecimiento económico de entre 4 y 6 por ciento; el rescate de los mineros de Pasta de Conchos (y los de la mina de El pinabete); la injerencia política en otros países; la no destrucción de la selva por el tren maya; la reducción en los precios de los combustibles; la austeridad republicana (con extensión a franciscana); el mejor país en el manejo de la pandemia; se acabaron las masacres… Sería un libro de varios volúmenes
Como en las Mil y Una Noches, cada día los cuentos queda inconcluso, se llenan de promesas y de logros ficticios; cada uno promete ser mejor que el anterior; se llenan de fantasías y eventos poco creíbles, presenta situaciones cómicas (con números musicales frecuentemente incluidos) y todos están hilados con la habilidad narrativa de quien tiene la necesidad de lograr un beneficio personal.