La moda siempre se ha asociado con lo banal, lo vacío, lo superficial. Ha sido considerada la peor expresión del capitalismo, su hija bastarda. Pero es mucho más que eso.
La ropa no solo es contaminación, ‘fast fashion’ y explotación laboral. Desde los 2000, los desfiles ya no son solo modelos y colecciones vanguardistas. Son voces políticas.
Por ejemplo, peyorativamente la Edad Contemporánea la volvió «cosa de mujeres» y esa misma cosa de mujeres se convirtió en un grito revolucionario del feminismo en su intento por romper los cánones estereotipados de vestimenta.
Grandes diseñadores han volcado sus desfiles para alzar la voz contra el cambio climático y a favor del reciclaje (Jean Paul Gaultier), contra el abuso animal (Tod’s) o contra las redes sociales (Brain&Beast).
Varias figuras de la música, el cine y la política han aprovechado alfombras rojas para alzar su voz de protesta. La MET Gala, uno de los eventos más caros del arte, vio desfilar a la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez con un “tax rich” impulsando la nueva reforma tributaria en EE.UU.
No cabe duda que la moda ha acompañado los cambios políticos de cada época. Dejó de ser banal y trascendió lo superficial. Por eso, todas las marcas de lujo han abierto el mercado laboral para internacionalistas. Los contratan para liderar sus relaciones con gobierno, ONGs, sociedad civil organizada.
Hoy, detrás de cada semana de la moda, hay alguien que estudió relaciones internacionales y no está haciendo algo superficial, está haciendo política, está haciendo diplomacia de moda.
* Internacionalista, politóloga y comunicadora política. Directora Asociada de Relaciones Internacionales. Tec de Monterrey, campus Querétaro.